Galo Guerrero-Jiménez
La lectura auténtica, verdadera, única, real, es la que se asume con absoluta libertad y desde la autonomía y la voluntad profundamente sentidas; cuando así se actúa, provoca en el lector un acto de felicidad, en cuya cognición intervienen varias reacciones: gusto, pleitesía, reflexión, reposo, inquietud, sosiego; incluso, reacciones metafísicas, según sea la naturaleza del relato, es decir, de la historia escogida para leerla desde la más plena libertad personal.
Si en la educación escolarizada y en la familia, el docente o los padres imponen una lectura, el fracaso a leer es eminente; con mayor razón, cuando a esa historia leída, incluso, si el alumno la ha disfrutado, pero si es obligado a responder a una serie de inquietudes curriculares, como si se tratase de una asignatura más, entonces, llega a creer que no se debe leer para disfrutar ni para actuar estética, metafísica, reflexiva, filosófica, ni nada, sino solo para cumplir una tarea. Así, la lectura queda en letra muerta y, por ende, ese alumno lector: niño o joven, ya no tendrá deseos para regresar a leer con la libertad y autonomía con la que se debe actuar para lograr ese efecto gozoso de acercamiento a un texto de una obra literaria, sea cual sea su género: relato, cuento, historia, novela, poesía, ensayo, teatro, filosofía, en fin.
Peor aún, si el docente o padre de familia se convierten ante la niñez o juventud, en transmisores de saberes, de normas, de consejos; pues, en el ámbito lector de un texto literario, estas personas deben convertirse en impulsores, en acompañantes, en mediadores y motivadores, pero nunca en supervisores y evaluadores para resaltar lo que no ha podido hacer este enjambre de alumnos o de hijos que están en un proceso formador, el cual debe ser conducido desde la euforia, el interés y la acogida sin presiones de ninguna naturaleza, que no sea ese empoderamiento personal de querer leer en sosiego, es decir, desde la calma, la serenidad y la tranquilidad que se necesita para leerlo metafísicamente a un texto, el cual, desde “la capacidad de sugestión, concentración y sorpresa” que haya podido asumir ese buen lector, se dará cuenta que, si se trata de un relato, este “narra una historia, es decir, una serie de sucesos encadenados en el tiempo desde un principio, una situación inicial, hasta un final, empleando un discurso apropiado. (…) Las dos fuerzas principales que sostienen un relato son los hechos narrados y la manera cómo el lector toma conocimiento de dichos hechos” (Kohan, 2000) de escritura.
