P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
La naciente comunidad cristiana, después de la muerte y resurrección de Jesús, vive momentos muy especiales porque debe asimilar las consecuencias de un acontecimiento que sacudió los cimientos de la historia de la humanidad. Debe demostrar fidelidad a su llamado, dar testimonio de unidad y perseverar en la realidad que los envuelve. El relato que presenta san Lucas, el médico griego, destaca “cuatro perseverancias” que identifican su estilo de vida. Todas ellas constituyen un modelo de convivencia.
Ellas son: aceptar la enseñanza de los apóstoles, vivir en verdadero espíritu de unidad, celebrar asiduamente la fracción del pan, y alimentarse con la oración diaria. Un itinerario trazado desde Pentecostés. El ideal de san Lucas es mostrarnos el corazón de una Iglesia en comunión. Una de las consecuencias con un nivel profundo de impacto social constituye la renuncia a los bienes en favor de los pobres. En este contexto comunitario, de aislamiento y protección aparece Jesús con poder y autoridad para entregarles su espíritu de amor y paz. Jesús, como signo sacramental real de su existencia se manifiesta glorioso: “Les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor”. Jesús repitió dos veces: “Paz a ustedes”. Después les señala el horizonte de la evangelización: “Como el Padre me ha enviado, así los envío yo”.
El anuncio de la resurrección de Jesús viene impregnado con un sello indeleble. Escribe Juan: “Reciban el Espíritu Santo”. Fiel a su entrega en la cruz, les infunde el don de la reconciliación: “A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados. A quienes no les perdonen, no les serán perdonados”. En este momento solemne, de alegría y compromiso eclesial no está presente Tomás, cuya ausencia provoca inquietud. Algunos escritores reflexionan acerca de la importancia de la necesaria presencia entre ellos y frente a Jesús. Cuando llega le dicen: “Hemos visto al Señor”. La respuesta de Tomás es lacónica: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no creo”.
Este discípulo debe enfrentarse al misterio de la resurrección, desde su realidad humana y desde su soledad, de su debilidad. Para nosotros, este hecho representa un desafío para la fe. Vivimos en un mundo enclaustrado en el egocentrismo y la indiferencia ante lo sagrado. Con la duda en la mente, y con los ojos cerrados a la manifestación divina, el camino de conversión se torna áspero y complejo. Tomás busca un encuentro personalista, a su manera. Sin embargo, la pedagogía de Dios es sabia. Dios sale a su encuentro. Después de una semana, “llegó Jesús, estando las puertas cerradas. Se puso en medio”, los saludó y dijo a Tomás: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”.
Jesús es realidad, no es imagen o símbolo. Una verdad íntima y transformante. A partir de este encuentro, Tomás dice: “Señor mío y Dios mío”. Debemos abandonar el modo superficial, mercantilista, de querer cuantificar la fe. Jesús, ha evangelizado a Tomás. Vive el verdadero encuentro.
