P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
La Iglesia, desde sus orígenes, ha cumplido con fidelidad el mandamiento del amor de Jesús que se sintetiza en dos verbos: amar y servir. La esencia del amor reúne los elementos esenciales para que su acción se vuelva eficaz en la humanidad y llegue a todos los rincones de la tierra. Jesús nos ha enseñado a amar sin medida: “No hay amor más grande que dar la vida por los demås”. El amor oblativo, limpio y puro como el agua que pide Jesús a la mujer samaritana. Junto al pozo de Sicar, Jesús tiene sed. En la cercanía de un ser humano, con carencias afectivas y con muchos deseos de recibir una invitación para cambiar el rumbo de su existencia, la palabra de Jesús llena el vacío de una vida espiritual sin identidad.
En la cruz, Jesús pronunció, a modo de súplica, una de las frases más emblemáticas: “Tengo sed”. Allí, entre la soledad y el presentimiento de una muerte inminente, entrega al Padre el legado de su misión: “Todo está cumplido. En tus manos encomiendo mi espiritu”. Jesús, durante el tiempo de su misión apostólica entre nosotros, recalcó el objetivo de su presencia. Ha venido a servir y a entregarlo todo, para que tengamos vida en abundancia. La Iglesia no descansa. No existe un lugar en el mundo en el que ella no esté presente. Trata de llegar a todos los rincones en función de las necesidades que surgen y que requieren una acción dinámica y solidaria. La Iglesia ha abierto las ventanas de la sociedad para que entre aire nuevo, el del Espíritu que fortalece, compromete y genera miles de obras que liberan al hombre sencillo del pesado andamiaje que los sistemas totalitarios, y las ideologías han puesto en sus hombros.
Está realidad, la cuenta san Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles. La naciente comunidad, alimentada por su celo misionero, decide involucrarse con mayor empeño en el servicio y en la práctica de la caridad fraterna. En la misión de la Iglesia no faltan hombres y mujeres que deciden emprender un nuevo viaje a través de los mares turbulentos. Junto a ellos, navega Jesús. En más de una ocasión ha calmado a la tempestad con el poder de su palabra y el testimonio de su fe. Jesús, Pastor y guía, señala la ruta para llegar a la orilla de un nuevo puerto para entregar su mensaje y curar las dolencias de quienes lo esperan. Jesús, dice san Juan, nos invita a no perder la paz. Él es el camino para llegar al Padre. Surgen muchos desafíos.
Aparecen muchos carismas. Los dones se multiplican y el empeño por instaurar un reino de paz y justicia no se detiene. Jesús, que conoce nuestra fragilidad, nos anima a mantener las lámparas encendidas de una fe que puede apagarse por la frialdad del mundo que quiere vivir en la oscuridad. La Iglesia, comunidad que ora y labora, permanece vigilante, como la amonestación de Jesús a sus discípulos en el huerto de los Olivos, o en el monte Tabor, en la transfiguración. Jesús quiere que salgamos de una zona de confort para entender el peso de su cruz.
