La creatividad del lenguaje humano y su opacidad lectora

Galo Guerrero-Jiménez

El carácter profundamente creativo del lenguaje humano tanto al hablar, como al escribir y al leer, es quizá, el fundamento esencial para comprensión y desarrollo de todo cuanto existe en la naturaleza: la sociedad, la cultura, la ciencia, las artes, la tecnología, la educación y, ante cualquier otra circunstancia, llegar a darnos cuenta de quienes somos antropológica y espiritualmente, tanto para la creación de los bienes materiales cuanto de los bienes intangibles, constituye una belleza admirable mental y físicamente concebida, al igual que lo es la belleza de la naturaleza planetaria, que es la que nos permite vivir para disfrutar de todo lo creado y trabajado en ella.

Sin embargo, como señala la neurocientífica norteamericana Maryanne Wolf, al referirse al lenguaje de la lectura: “Jamás ha habido un momento en el que la compleja belleza del proceso de leer fuera más evidente, en el que la ciencia comprendiera con tanta claridad la magnitud de sus contribuciones ni en el que tales contribuciones parecieran hallarse en más peligro de ser sustituidas por nuevas formas de comunicación” (2008, p. 13), como el de las diversas herramientas que tiene la inteligencia artificial y la tecnología digital para expandir la multiplicidad de información  que circula libremente y que, por la inmediatez con la que llega segundo tras segundo a las pantallas, está aniquilando esas preciosas composturas cognitivo-creativas y estético-lingüísticas que el cerebro crea a través de la mente humana para interpretar la riqueza que el lenguaje engendra en las diversas ramas del saber científico, humanístico, socio-literario-lingüístico y filosófico-psicológico.

Toda esta realidad lectora tiende a desaparecer si no reparamos en la magnitud del exceso de la hiperculturalidad tecnológica que nos está ahogando en tanta información que el internauta, cuando no sabe discriminarla, no la puede analizar, peor procesarla desde los elementos antes indicados para un adecuado cultivo de la salud emocional y para vivir a plenitud desde la cognición mental y social. Como señala Byung-Chul Han: Acaso “¿nos acercamos hoy a una cultura que no se caracteriza por esa sordera-ceguera feliz, a una cultura, que se vuelve sonora y que se abre a un espacio de sonido hipercultural, que se desespacializa, una cultura en la que tonos diferentes, sin distancia entre sí, se amontonan unos con otros? La constitución hipercultural de la yuxtaposición, de la simultaneidad o de la disyunción inclusiva, también transforma la topología de la felicidad” (2021, p. 17) y, por ende, provoca esta opacidad lectora.