P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
San Lucas escribió, en el Libro de los Hechos de los Apóstoles, una de las frases que definen con solemnidad la misión de Jesús entre nosotros: “Pasó haciendo el bien…”. Su corazón misionero palpitaba de amor sin límites. Su ser, su naturaleza humana y divina, acogió a todas las personas, sin distinguir el color de su piel, su origen, su creencia. Jesús, todo y para todos, habló, enseño, sufrió, vivió para que el mundo conozca el verdadero rostro del Padre. Su existencia cambió la historia de la humanidad. El médico griego, describe en pocas palabras, la esencia de su legado misionero. A los Apóstoles “se les apareció después de la pasión, les dio numerosas pruebas de que estaba vivo y durante cuarenta días se dejó ver por ellos y les habló del Reino de Dios”.
La soberanía del Reino, de la que habla Jesús, es un don gratuito para nosotros. Uno de los lugares para enseñar y fortalecer la comunión de fe y el compromiso por la vida es la mesa, el compartir fraterno y el envío a la misión. Lucas dice que les mandó permanecer en Jerusalén, unidos en la oración y en la fracción del pan, para que se cumpla en ellos la promesa de su Padre: “Ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo”. La naciente comunidad cristiana necesitaba abrir las puertas de su vida para comprender las palabras de Jesús, un testamento de entrega, amor y servicio: “Dicho esto, se fue elevando a la vista de ellos…mientras miraban fijamente al cielo, viéndolo alejarse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: Galileos, ¿Qué hacen allí parados mirando al cielo?”. Jesús les recuerda que les ha concedido el poder para anunciar la buena noticia en nombre de la Santísima Trinidad.
En el final del discurso del envío misionero, desde la visión de San Mateo, Jesús les compromete a evangelizar en base a varias tareas: enseñar, bautizar, cumplir, confiar y permanecer. La misión de la Iglesia es eficaz porque enseña, forma a la comunidad desde diversos ámbitos como la catequesis, educación, predicación,vida sacramental. Jesús recuerda que el anuncio del Evangelio debe impregnar en el ser humano, de ayer y hoy, el mandamiento del amor. Jesús dio ejemplo de humildad cuando lavó los pies a sus discípulos con un desafío muy radical: hacer lo mismo que Él hizo. Jesús vino a servir, a partir, compartir y repartir el pan de la plena comunión entre hermanos.
San Juan, de modo puntual, insiste sobremanera en la importancia de la fe y el testimonio. Las señales milagrosas que Jesús realiza presuponen aceptar su mensaje. María, en las bodas de Caná, exhorta con firmeza a los responsables de la provisión del vino: “Hagan lo que Él les diga”. Ella, como mujer de fe, actualiza el momento sublime de la encarnación: “Hágase en mí, según tu Palabra”. Los bautizados en Cristo, estamos llamados a dar testimonio y a dar esperanza a quienes son renuentes a aceptar la inserción en la vida de la Iglesia. Jesús, está real y verdaderamente presente en el sacramento de la Eucaristía. Nos une a Él porque nos ama, más allá del amor humano.
