Diego Lara León
Inició la Copa Mundial de Fútbol 2026, la competencia que durante más de un mes convertirá estadios, hogares, oficinas, restaurantes y plazas públicas en escenarios de una misma emoción. Por primera vez participan 48 selecciones, se disputarán 104 encuentros, tendremos más de 9 mil minutos de fútbol; y, por primera vez, tres países (Canadá, Estados Unidos y México) compartirán la organización del torneo.
Ningún otro acontecimiento deportivo posee la capacidad de la Copa del Mundo para cruzar fronteras, idiomas, ideologías y diferencias sociales. Durante unas semanas, millones de personas organizaremos nuestros horarios alrededor de un balón. Los niños aprenderán nombres de países que quizá nunca habían escuchado; las familias volveremos a reunirnos frente a una pantalla; las ciudades se llenarán de camisetas en sus esquinas, de banderas, pronósticos y conversaciones. El fútbol demuestra, una vez más, que puede crear un lenguaje común en un planeta frecuentemente dividido.
Pero esta fiesta no ocurre únicamente dentro de las canchas. El Mundial es también una gigantesca plataforma económica y comercial. Se movilizan turistas, se llenan hoteles, aumentan los consumos en restaurantes, crece la publicidad y las marcas compiten por captar la atención de una audiencia global. Para las ciudades anfitrionas representa una oportunidad extraordinaria de promoción, aunque también exige planificación, seguridad, infraestructura y capacidad para evitar que la celebración deje cuentas difíciles de pagar. En nuestro país se pronostica un incremento del 40% en la venta de televisores.
La edición de 2026 será, además, la más extensa de la historia. La incorporación de nuevos países amplía la representación mundial y permite que más sociedades vivan la experiencia de verse reflejadas en el mayor escenario futbolístico. Esa apertura enriquecerá el torneo, generará nuevas historias y romperá la idea de que el protagonismo pertenece siempre a las mismas potencias. En el fútbol, como en la vida empresarial y social, la competencia se fortalece cuando existen más oportunidades de participar.
Para Ecuador, el Mundial vuelve a ser una razón de orgullo y esperanza. La selección nacional debutará este domingo 14 de junio frente a Costa de Marfil. Cada partido será seguido con expectativa por un país que encuentra en su equipo un espacio de unidad. Durante noventa minutos disminuyen las diferencias regionales, políticas y económicas, todos celebramos el mismo gol, sufrimos la misma jugada y compartimos la misma ilusión.
Sin embargo, conviene recordar que el verdadero valor del deporte no está solamente en ganar. El Mundial debe ser una vitrina de disciplina, trabajo colectivo, respeto por las reglas y capacidad para levantarse después de una derrota. Detrás de cada selección existen años de preparación, sacrificio, decisiones acertadas y errores corregidos. Esa es quizá una de las mayores enseñanzas del fútbol, ningún resultado importante se construye de manera improvisada.
También será una celebración atravesada por la tecnología, por transmisiones inmediatas, estadísticas en tiempo real y conversaciones digitales que llevarán cada jugada a todos los rincones. Sin embargo, ninguna pantalla reemplazará el abrazo después de un gol, ni la emoción compartida en comunidad. La modernidad amplifica el espectáculo, pero la esencia permanece intacta, once jugadores por lado, una pelota y la posibilidad permanente y fascinante de lo inesperado.
Durante estas semanas, el planeta tendrá nuevas figuras, goles inolvidables, sorpresas, polémicas y lágrimas. Habrá selecciones que confirmarán su poder y otras que desafiarán todos los pronósticos. Surgirán relatos que serán contados durante décadas y recuerdos que acompañarán a una nueva generación de aficionados.
Empezó la mayor fiesta deportiva del mundo. Que el balón ruede, que la competencia sea limpia y que la pasión no se convierta en violencia. El Mundial debe recordarnos que, aun en tiempos complejos, la humanidad conserva la capacidad de reunirse, emocionarse y soñar alrededor de algo tan sencillo y poderoso como una pelota.
Como suele decir un famoso narrador deportivo ecuatoriano, “…jueguen muchachos”.
@dflara
