Entre la abundancia y el vacío

Elena Carrión

¿De qué sirve tener tanto, si cada vez cuesta más encontrar aquello que realmente llena?

La época actual parece vivir bajo el signo de la abundancia. Existen más posibilidades para comunicarse, más medios para desplazarse, más opciones para entretenerse y una tecnología capaz de acercar, en segundos, aquello que antes parecía distante. Una pantalla permite acceder a noticias, música, películas, compras, conversaciones y una cantidad casi ilimitada de información. Nunca había sido tan sencillo disponer de tanto.

Sin embargo, en medio de esa aparente prosperidad existe una contradicción. Tener más no necesariamente significa sentirse mejor. Una persona puede mantener contacto permanente con cientos de personas y experimentar soledad; disponer de entretenimiento a cualquier hora y sentirse insatisfecha; conocer lo que sucede en lugares remotos y desconocer aquello que ocurre en su propio interior.

Tal vez allí se encuentre una de las paradojas de la sociedad contemporánea: mientras se multiplican las formas de llenar los espacios exteriores, se descuida aquello que da sentido a los interiores.

Entonces surge una pregunta: ¿qué intenta llenar una persona cuando necesita estar permanentemente conectada?

Quizá parte de la sociedad haya confundido bienestar con acumulación. Se persigue la tecnología más reciente, se busca el viaje más llamativo y se procura constantemente la aprobación de los demás, como si cada nueva adquisición pudiera proporcionar la satisfacción que la anterior no consiguió.

Pero no todo aquello que puede adquirirse consigue enriquecer la existencia.

Quizá la respuesta se encuentre en aquello que pocas veces recibe la misma atención que lo material. El ser humano necesita alimentar el cuerpo, cultivar la mente y cuidar también su mundo interior. Es allí donde pueden crecer la serenidad, el afecto, la gratitud y la capacidad de encontrar sentido en lo cotidiano.

Ese mundo interior no necesita conexión a internet ni produce notificaciones. Se construye en los vínculos que se cuidan, en una conversación sincera, en la compañía de quienes importan y en esos momentos que no necesitan ser registrados para tener valor.

Una caminata, una taza de café, una comida en familia, un libro, una visita inesperada o una conversación sin prisa pueden parecer insignificantes frente a las grandes promesas que ofrece la vida moderna. Sin embargo, muchas veces son precisamente esas experiencias las que permanecen cuando lo demás pierde importancia.

Quizá el verdadero problema de nuestro tiempo no sea la falta de cosas, sino la abundancia de aquello que no necesitamos y el vacío que permanece cuando olvidamos lo que verdaderamente importa.