Galo Guerrero-Jiménez
La grandiosidad del ser humano, y desde los albores de su historial biográfico, tuvo en mente siempre la capacidad de asombro y de reflexión frente a la belleza de la naturaleza que nos ha dado todo para vivir; por ende, esa reflexión en calidad de “filosofía fue fruto de una curiosidad de los seres humanos al tomar conciencia de que podían pensar el mundo y decirlo; al darse cuenta de que las palabras significaban cosas, ideas, sentimientos, deseos; una forma de amor por interpretar lo que vivíamos, por entender la historia que consistía en ver y dar testimonio de lo visto. Una curiosidad y un asombro incesante. Y esa curiosidad se extendió desde entonces por todo tiempo” (Lledó, 2022) hasta llegar, hoy, a un desarrollo científico-tecnológico asombroso, apabullante y que recoge millones de palabras a través de todos los lenguajes del mundo, de todos los idiomas y quehaceres humanos de los cuales, según lo especifica el académico lojano César Montaño Galarza (2026), “se nutre de ingentes cantidades de datos provenientes de repositorios, da cuenta del avance del conocimiento y la evolución humana; este saber se aplica para atender un sinfín de demandas sociales y de mercado. Con base en algoritmos, modelos matemáticos y redes neuronales que imitan procesos cognitivos humanos, la IA ha hecho realidad lo que antes era impensado o un sueño futurista plasmado en obras de ciencia ficción”.
Asombro y misterio en este avance del conocimiento tecnocientífico, pero, al cual no hemos podido arribar simbióticamente, dado el analfabetismo moral y cognitivo de la ciencia y de la axiología humana que no tiene aún conciencia de la riqueza admirable de nuestra capa viva del planeta, la biósfera, para tratarla, cuidarla, estudiarla y defenderla; pues, “la complejidad y profusión de la vida excede la capacidad de nuestra imaginación. Más allá de los límites de nuestra sensibilidad ordinaria se extiende una realidad desconocida. Esos remotos universos que no podemos percibir a simple vista, oído, olfato, tacto o gusto, nos envuelven. Si no permaneciéramos ciegos a gran parte de cuanto acontece a nuestro alrededor y dentro de nosotros mismos, veríamos el mundo tal y como es: infinito, maravillosa y misteriosamente infinito” (Beruete, 2026), para encuadrarlo y estudiarlo desde la sabia y la savia del conocimiento científico, tecnológico, filosófico, espiritual y ontológico que puede entrañar la lectura de la inteligencia artificial generativa y, ante todo, de la inteligencia humana, tan natural y abiertamente dispuesta para leer el misterio de lo infinito simbióticamente ensamblado en el accionar de la vida humana.
