La pedagogía de la memoria

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

La Sagrada Escritura, memoria escrita del Pueblo de Dios, siempre sorprende porque cada versículo contiene una actualidad que educa, forma y nos compromete para vivir y actuar como buenas personas, como seres humanos que construyen un mundo mejor, imperfecto, pero saludable. Los libros sapienciales, que han nacido del quehacer cotidiano, marcan una huella imborrable en la conciencia de quienes deciden responder con valores positivos a las exigencias que el mundo presenta.

El libro del Eclesiástico, una obra monumental, de acuerdo al criterio unánime de especialistas en la materia, ha recogido una variedad inmensa de temas catequéticos, éticos, morales, tan valiosos, que justifican su denominación. El autor, maestro de sabiduría, refuerza la importancia de la “Pedagogía de la Memoria”, escrita con mayúsculas. Uno de los verbos que utiliza de modo intencional nos presenta la clave de la liturgia dominical. El imperativo “acuérdate” señala la ruta para llegar a la cima de la correcta convivencia humana, ausente en gran medida en nuestra memoria, quizá relegada como producto de un egocentrismo que rige el comportamiento de una sociedad desorientada. Más allá de un compendio moral, el Eclesiástico nos empuja hacia el centro de la vida espiritual, caudalosa y fecunda. Me permito citar algunas frases, entre tantas, que contienen directrices determinantes: “Si un ser humano dirige su ira contra otro…si no se compadece de su semejante…si él, simple mortal, ¿guarda rencor…?”, añado, ¿Cómo puede vivir en paz consigo y con los demás? El autor prosigue: “Piensa en tu final y deja de odiar, acuérdate de la corrupción y de la muerte…”.

La sentencia final de esta reflexión nos recuerda algo fundamental: “Acuérdate de los mandamientos…acuérdate de la Alianza del Altísimo y pasa por alto la ofensa”. La universalidad del perdón es una gracia divina. Por ello, surgen más interrogantes, aquellos en los que san Pablo, en la carta a los Romanos, profundiza con solemnidad. ¿Por qué y para qué vivimos? La respuesta para un hombre consciente y lleno de fe contiene fundamentos sólidos: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor”. La síntesis de esta enseñanza consolida una verdad: “Pues para esto murió y resucitó Cristo, para ser Señor de vivos y muertos”. Nuestro principio y fundamento lo encontramos en Aquel que nos enseñó a amar de verdad. La pedagogía del perdón, sinónimo de la pedagogía de la memoria fraterna, en el  Evangelio de Mateo, destaca la riqueza de la madurez personal que nos aleja de la idolatría de la avaricia colectiva. La parábola del rey compasivo, que perdona una gran deuda a uno de sus cortesanos, muestra varias facetas. El rey que demuestra cordura y misericordia ante una realidad humana, en medio de connotaciones éticas, abre la puerta de la verdadera realidad de un ser humano que no actúa de la misma manera con quien le debe poco.  La justicia prevalece. El rey lo juzga. Lo entrega a los verdugos hasta que pagara su deuda. Lo mismo hará con nosotros el Padre celestial, si de corazón no perdonamos a nuestros hermanos. Aprendamos.