Rafael Riofrío
En nuestro país el caos tiene rostro y apellido. Mientras el presidente Noboa vende una imagen de desarrollo “tiktokero”, detrás se esconde la receta neoliberal de siempre, privatizar los servicios sociales. Bajo el discurso de “eficiencia empresarial”, se intenta completar el viejo sueño de las élites, convertir los derechos sociales en mercancías y el Estado en una oficina de negocios. Pero lo nuevo de este ciclo no está solo en sus políticas, sino en su estrategia comunicacional, en la manipulación digital, en una verdadera reingeniería emocional del populismo de derecha.
Ecuador vive su propia versión de esa guerra cultural algorítmica donde cada “like” se convierte en voto y cada “fake news” o noticia falsa en dogma. Los asesores del poder ya no son tecnócratas grises, sino influencers que fabrican consenso a punta de memes, trolls y campañas de odio contra maestros, médicos y trabajadores públicos. La precariedad se convierte en culpa individual; la pobreza, en ociosidad personal. Noboa y sus operadores digitales no gobiernan solo con decretos, sino con emociones como miedo al caos, resentimiento hacia lo público, ilusión de “progreso”, etc.
El neoliberalismo ecuatoriano actual ya no necesita tanques: tiene algoritmos. La promesa de privatizar la salud y la educación se viste de modernización, pero en realidad busca lo mismo que siempre: abrir espacios de lucro donde antes había derechos. Es el retorno del Estado mínimo, camuflado de “innovación”. La juventud, precarizada y endeudada, es bombardeada con mensajes que exaltan el emprendimiento individual mientras se destruyen los sistemas colectivos de protección social.
Frente a esto, los sectores populares no pueden limitarse a la denuncia ni al lamento moral. Es hora de recuperar el lenguaje de la dignidad, unidad y solidaridad. Hay que reapropiarse de las redes y convertirlas en trincheras de conciencia, no de cinismo. Organizar la indignación para transformarla en poder colectivo, no en odio atomizado.
El desafío es doble: resistir la ofensiva privatizadora y desactivar la maquinaria digital del miedo. Porque si el neoliberalismo de Noboa se sostiene sobre la desinformación y la fragmentación, nuestra respuesta debe ser la unión y la claridad. Frente al capitalismo del espanto, el pueblo ecuatoriano tiene una tarea urgente: reinventar la esperanza, volver a creer en lo común y en lo público como acto de resistencia. Solo así el caos dejará de ser su arma, y volverá a ser nuestro campo de batalla.
