Juan Luna
Quilanga, 09 de septiembre 2026
El reciente Informe del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA), impulsado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), publicó los resultados de las evaluaciones aplicadas a 91 países, incluido Ecuador, donde participaron 9.128 estudiantes de 280 instituciones educativas. PISA evalúa las competencias de los jóvenes de 15 años en lectura, matemáticas y ciencias, midiendo su capacidad para aplicar conocimientos en situaciones reales de la vida cotidiana.
Los resultados revelan un preocupante retroceso: el 53,6% de los estudiantes evaluados en nuestro país calificó por debajo del nivel básico de competencia (nivel 2) de manera simultánea en las tres áreas. Más alarmante aún, en comprensión lectora ningún estudiante ecuatoriano alcanzó el nivel 5 o superior, frente al 6% en promedio de los países de la OCDE. Ecuador se ubica en condiciones similares a las de Argentina, siendo superado en la región por Chile, Uruguay, Costa Rica, México, Colombia, Brasil y Perú.
Sin embargo, las cifras estadísticas no son simples números y carecen de sentido si no realizamos una lectura rigurosa del texto y de su contexto. Las primeras reacciones en redes sociales se volcaron a buscar culpables en lugar de promover la autorreflexión de los actores educativos; mientras tanto, varios medios convencionales difundieron la noticia con tinte sensacionalista, dejando de lado el análisis y la contrastación objetiva.
Frente a este escenario, la pregunta inevitable es: ¿qué debemos hacer? Las respuestas nos comprometen a todos, empezando por los distintos niveles de gestión del sistema educativo —desde la Presidencia de la República y el Ministerio de Educación en sus niveles desconcentrados, hasta directivos, docentes, padres de familia y organizaciones sociales—. La tarea inmediata es evaluar con honestidad y proponer soluciones concretas.
Un primer espejo en el cual mirarnos es China, país que lidera los mejores resultados globales. El gigante asiático ha consolidado un modelo basado en un currículo nacional unificado, enseñanza directa, jornadas prolongadas, evaluación continua, el fomento del esfuerzo y la disciplina como valores morales, el desarrollo docente colectivo y un fuerte énfasis en proyectos STEAM desde la educación primaria.
No se trata de trasplantar ciegamente modelos ajenos ni de asumir que la experiencia asiática sea la panacea para las limitaciones del modelo educativo ecuatoriano. Sin embargo, resulta urgente conocer estas prácticas, analizarlas y contextualizarlas dentro de nuestros propios proyectos de innovación en el aula.
Los resultados de PISA no deben quedarse en el lamento ni en el archivo burocrático. Requerimos con urgencia una hoja de ruta nacional que trascienda los gobiernos de turno: políticas públicas centradas en la comprensión lectora temprana, el fortalecimiento de la profesión docente, la autonomía pedagógica de las instituciones y un pacto real con las familias para recuperar la cultura del esfuerzo y la lectura. Si asumimos hoy este compromiso con seriedad, rigor y responsabilidad colectiva, en cinco años no solo habremos transformado las estadísticas, sino, sobre todo, el presente y el futuro de nuestra juventud.
