En estos tiempos que se acerca el proceso electoral más amañado y antidemocrático en toda la historia de la vida republicana del Ecuador, es necesaria la participación de todos los sectores y grupos sociales para recuperar la participación política libre y soberana de todos los ecuatorianos.
En este artículo hacemos un llamado a los laicos cristianos para que asumamos responsabilidades directivas en la sociedad, por ello es urgente formar hombres y mujeres capaces de actuar según su propia vocación, en la vida pública orientada al bien común, en el ejercicio de la política, vista como la administración del bien común.
Necesitamos construir una espiritualidad que impulse la transformación de la sociedad, que proponga un mundo nuevo, una Sociedad con sabor a Reino de Dios. Para ello, nos urge una presencia política transformadora, liberadora.
La propuesta no implica una opción personal, es el resultado de diferentes declaraciones y documentos sociales de la Iglesia. Lo más significado apareció en los documentos del Concilio Vaticano II que, en la Constitución Gaudium et spes nos señala que “El mensaje cristiano no aparta a los hombres de la tarea de construcción del mundo, ni les impulsa a despreocuparse del bien de sus semejantes, sino que les obliga más, a llevarse a cabo esto como un deber.”
Para profundizar en el tema, les presentamos las reflexiones del Padre Gustavo Gutiérrez en su artículo “La Iglesia debe politizar evangelizando”: ‘Hace unos años, un papa que está fuera de toda sospecha de «horizontalismo’, Pío XII, en ese entonces cardenal Paccelli, decía que la iglesia civiliza evangelizando. Y ese aserto era acogido sin oposición. En el contexto latinoamericano actual habría que decir que la iglesia debe politizar evangelizando.
¿Esta expresión recibirá la misma acogida? Probablemente no. A muchos les parecerá chocante, la acusarán tal vez de «humanizar» el mensaje evangélico, o de caer en un falaz y peligroso «temporalismo». Esta reacción se explica, en parte, porque son numerosos todavía los que, carentes de una concepción realista y actual de lo político, no quieren ver el evangelio «rebajado» al nivel de lo que ellos creen que no es sino una lucha partidaria.
Pero los ataques más duros vendrán, sin duda, de aquellos que temen el surgimiento de una verdadera conciencia política en las masas latinoamericanas y vislumbran cuál puede ser la contribución del evangelio en ese proceso.
Mientras se decía «civilizar», no tenían objeción porque ese término era traducido como promoción de valores éticos, culturales, artísticos y, a lo sumo, como una general y poco comprometedora defensa de la dignidad de la persona humana.
Pero «politizar», «concientizar» tiene hoy en el subcontinente americano una honda carga subversiva. ¿La lucha contra la «violencia institucionalizada» que sufren los débiles, y por la justicia social sería, entonces, menos humana, menos ética, menos «civilizadora» que la promoción de valores morales, culturales y estéticos ligados a un determinado sistema social? Tiene razón J. Girardi al decir que la «violencia institucionalizada va aliada generalmente con la hipocresía institucionalizada».
