De la ciudad arcoíris, la neblina

Las calles que unen el rio Malacatos al casco urbano de la ciudad los separa los semáforos de luz verde y roja que duran un minuto. La luz amarilla demora tres segundos en cambiar. Nadie usa el paso desnivel ni la señal de cruce de cebra, las señales de tránsito son adornos de una pista de fórmula uno. La mayoría cruzamos a mitad de la avenida, cuando los autos avanzan veloces como una jauría de perros sueltos. Se me viene a la mente la canción: “Construcción / Dios le pague” de Chico Buar que. Me detengo a tomar una foto de un cartel de una panadería “El pan-son” y “Delicias de mi tierrita”. Agarro mi libreta y escribo: “Antes de llegar a la plaza de San Sebastián hay tres semáforos… a los tejados les falta tejas, sus cornisas están rotas, sus tumbados son un jardín de manzanilla y hierba buena, sus ventanales poseen la mejor reserva de conservación de palomas, una crónica es una subciudad, los parques tienen piletas redondas y bancas cubiertas como un nido de Chilalos en la buhardilla, hay cafeterías, boutiques, boulevard de licoreras y farmacias Cuxibamba en cada cuadra.

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