De la ciudad arcoíris, la neblina

Las calles que unen el rio Malacatos al casco urbano de la ciudad los separa los semáforos de luz verde y roja que duran un minuto. La luz amarilla demora tres segundos en cambiar. Nadie usa el paso desnivel ni la señal de cruce de cebra, las señales de tránsito son adornos de una pista de fórmula uno. La mayoría cruzamos a mitad de la avenida, cuando los autos avanzan veloces como una jauría de perros sueltos. Se me viene a la mente la canción: “Construcción / Dios le pague” de Chico Buar que. Me detengo a tomar una foto de un cartel de una panadería “El pan-son” y “Delicias de mi tierrita”. Agarro mi libreta y escribo: “Antes de llegar a la plaza de San Sebastián hay tres semáforos… a los tejados les falta tejas, sus cornisas están rotas, sus tumbados son un jardín de manzanilla y hierba buena, sus ventanales poseen la mejor reserva de conservación de palomas, una crónica es una subciudad, los parques tienen piletas redondas y bancas cubiertas como un nido de Chilalos en la buhardilla, hay cafeterías, boutiques, boulevard de licoreras y farmacias Cuxibamba en cada cuadra.

Todavía atiende la señora ciega en el puesto de recuerdos religiosos… la luz del sol calienta las nubes, los libros de la plaza Santo Domingo son los custodios de los secretos de los silencios de las campanas…”. Mientras avanzo escucho una miscelánea de cumbias y canciones de tecno. El ruido de la máquina de llaves es muy fuerte y estoy en hora pico. Para seguir caminando debo evadir el ruido y ubicarme como un francotirador. Listo para atinarle a la imagen. Mi mente no se desprende de un cover, me repite la imagen del disco de Doug Doppler “All of my love”. En la esquina de la plaza hay dos guardias custodiados por la paranoia, en la sombra de un poste de luz un agente de tránsito saca de su bolsillo su celular y se cuelga de la ventana de una Ford, guarda su libreta, sube a su moto y se va dejando un rastro de smog sobre las personas que comercializan insumos de primera necesidad en las afueras de la Catedral. Por la ciclovía y empujando un barril de desechos avanza un funcionario del Municipio. Una ambulancia choca contra un banner de publicidad de turismo…Alguien toma fotos de la

torre de la independencia, pero no lee la descripción de las estatuas de nuestros

próceres, un camión de bebidas pita sin cesar, mientras un señor grita en las calles:

“¡Escúchennos! Tenemos un paciente, es nuestro país, ¡se nos muere!”. Un auto

estacionado sobre la vereda reproduce a todo volumen la canción “El álbum” de

Aterciopelados. Hay una fila de personas esperando en el cajero. La brisa fresca golpea

mi espalda. Frente al restaurante “El ingrediente secreto es el amor” ubicado en el

edificio Colibrí, los últimos pisos los departamentos no tienen cortinas, dos niños

discuten por un juguete, su perro de espaldas mueve la cola al son de “Piso de piedra”.

Camino y sigo buscando la imagen en movimiento que se diseca en mi cabeza, ese texto

sin escribir, ese lenguaje que no puedo pronunciar. Un niño con sombrero dibuja una

ciudad miniatura en el brazo de su hermano dormido. Me pregunto: ¿algún día podré

comprar los recuerdos olvidados? Me detengo en las gradas de la iglesia llena de palos y

andamios. Sigo preguntándome: ¿cómo escribir la escritura de la imagen?, ¿mi consigna

es olvidar que voy a escribir poesía? ¿la imagen que quiero escribir está en movimiento?

¿se pasea por mi cabeza?, ¿se postra sobre la copa de los faiques?, ¿salta de una palma a

un sauce como un mono del viento, sacude las ramas, se escurre del flash que se fusiona

con la luz del día?, ¿el día me escribe en sus aceras? ¿me sostiene en su imagen?, ¿cómo

pescar la descripción de una imagen?, ¿el deseo de escribir?, ¿lo que mis ojos ven de

frente?, ¿pensar en la imagen, también es escuchar su fuerza?…una ambulancia choca

contra un banner de publicidad de turismo, regreso.