El baúl de los recuerdos: El alma lojana

Efraín Borrero E.

Iniciado el mes de junio de 2002 realizamos un viaje familiar a Barcelona, España, en circunstancias que se desarrollaba el Mundial de Fútbol Corea-Japón.  El Ecuador había clasificado directamente a ese evento al obtener el segundo lugar del grupo eliminatorio debido a su impecable desempeño. Fue la primera vez que participábamos en el más grande certamen deportivo del mundo.

El debut era el día tres de ese mes ante la temida selección italiana, en la cancha del Domo de Sapporo, Japón. Las otras selecciones del grupo fueron México y Croacia. Los ecuatorianos teníamos confianza en nuestra representación nacional.

Víspera del encuentro, un día domingo, estuvimos en la parte exterior de una cafetería en la Plaza Cataluña, rodeada por tiendas, hoteles, bancos, bares y restaurantes. De pronto asomaron dos jóvenes luciendo la camiseta tricolor. ¿Ustedes son ecuatorianos? Sí, somos de Loja, respondieron. Qué gusto, nosotros también somos lojanos. Un buen apretón de manos y los invitamos a compartir la mesa.

Nos comentaron que formaban un grupo de doce coterráneos nacidos en San Cayetano Alto de la ciudad de Loja, y que viven en Barcelona un poco más de dos años. Es decir, eran parte de la inmensa ola migratoria que abandonó el país como consecuencia de la crisis económica de 1998-1999.

Con la gentileza y generosidad propia de los lojanos nos invitaron para que, al día siguiente, disfrutemos juntos el partido Ecuador-Italia, en el “piso” que ocupaban. La oportunidad que se nos presentó fue realmente maravillosa. Nos dieron la dirección y nos comprometimos a llevar bocados y cerveza.  

En un taxi llegamos al sitio. Cinco de ellos salieron para recibirnos. Su calidez nos daba la certeza de ingresar a nuestra casa. En el departamento de tres dormitorios los doce paisanos vivían apiñados. Las paredes de la sala, que también servía de dormitorio, estaban cubiertas de afiches y fotografías de Loja. Algunas artesanías y motivos lojanos lucían en un rincón.

En medio de la incomodidad habían acondicionado un sitio frente al televisor para observar el partido. La avidez por conocer noticias de Loja, por saber cómo quedó la tierra querida y sobre la situación económica era evidente. Nos comentaron de su vida, de su trabajo y de su perspectiva futura. Dijeron que ellos siempre se identifican orgullosamente como lojanos ya que esa condición es valorada por los barceloneses; es decir, “siguieron siendo lojanos, conservaron el estilo que el aislamiento y la distancia formaron y nunca dejaron de ser como son: el mundo lejano y ajeno donde construyeron su vida les enseñó mucho, se adaptaron a él de modo de no ser extraños a su nuevo ambiente, pero en él se conservaron lojanos”, como expresó Alejandro Carrión en su discurso en la Asociación de Lojanos Residente en Quito, el 18 de noviembre de 1979.

Después del partido en el que Italia nos ganó con dos goles, uno de ellos salió del cuarto con sus manos extendidas: en la una tenía una botella de cantaclaro y en la otra una guitarra. Inmediatamente rasgó sus cuerdas de buena forma para entonar el pasillo que nos confiere identidad: “Alma Lojana”, el otro himno que lo cantamos “siempre que en el corazón nos hace cosquillas la nostalgia”. Luego interpretó “Corazón que no olvida”, “Pequeña Ciudadana” y otras canciones más. El ambiente estaba inundado de añoranza y de honda pena por la lejanía; pero, sobre todo, estaba colmado de ese inconmensurable sentimiento que abraza nuestro ser y nos pertenece entrañablemente: el alma lojana.

El caso de esos doce paisanos es el de miles de lojanos amantes de su tierra que, por varias razones, especialmente de oportunidades de trabajo y prosperidad, han emigrado de ella “y construyeron con sus manos y su inteligencia un hogar y un porvenir”. Ellos, cada vez que tienen oportunidad de escuchar el hermoso pasillo “Alma Lojana”, sucumben con nostalgia en los recuerdos anidados en su “último rincón”. El lojano se vuelve lojano fuera de Loja, dice la escritora Paulina Soto.

Aquí también lo entonamos con pasión, sobre todo cuando se trata de saludar con música a “seres extraños” que nos visitan por cualquier motivo. Lo sacamos a relucir porque es parte de nuestra identidad, como es nuestra adorada “Churonita”.

¿Por qué el “Alma Lojana” agita nuestros sentimientos? El joven quiteño, Cristóbal Ojeda Dávila, “uno de los más insignes compositores de la música nacional; romántico innato que destinó su vida a la música y a plasmar en ella los dolores más punzantes del alma”, visitó la ciudad de Loja por invitación especial de su gran amigo, Luis Emilio Eguiguren Burneo, en cuya hermosa casa se hospedó. Ocurrió probablemente a finales de 1929 e inicios de 1930 cuando apenas frisaba entre 19 y 20 años de edad – un pelado, dirían en la costa -. Lamentablemente las diversas versiones son contradictorias y no permiten precisar los datos.

En casa de su anfitrión había un piano que Cristóbal lo disfrutó a plenitud a través de sus composiciones. Dicen que era una persona muy sentimental y expresiva. “Cuántas veces lo miré ante el piano dejando correr su emotividad en un impresionante desbordamiento de notas y de lágrimas”, aseguró Eduardo Mora Moreno a Rogelio Jaramillo Ruiz, quien en su brillante libro “Loja Cuna de Artistas”, reproduce extensas notas de ilustres personajes lojanos que hacen referencia a la vida de Cristóbal Ojeda Dávila en su corta estadía en Loja.

José María Bermeo, el amigo más cercano de Cristóbal, le dijo a Rogelio: “Un día se hizo presente Cristóbal en mi cuarto, alegre y entusiasta, con júbilo desbordante, para decirme, tan pronto como nos saludamos: “he compuesto anoche el pasillo más lindo, que quiero ejecutarlo para que lo oigas”. Sin dilación me llevó de inmediato a la sala de Luis Emilio Eguiguren y se puso a traducir en el piano las notas de ese pasillo, símbolo e interpretación de nuestra sensibilidad, al cual lo denominó “Alma Lojana”.

Esas notas musicales encarnaban el encanto de esta tierra lojana de la que pronto se enamoró; su hermosa campiña; su pequeña y apacible urbe; su gente amistosa, amable y generosa; el ambiente musical que lo sentía en cada rincón; y, la dicha de vivir en paz.

Cristóbal Ojeda Dávila retornó a su tierra después de haber cumplido una proficua labor artística a nivel nacional. Inesperada y trágicamente falleció en esa ciudad de Quito en medio de la convulsión causada por la llamada “Guerra de los cuatro días”

Mientras tanto en Cuenca residía el joven lojano Emiliano Ortega Espinosa, quien había viajado a esa ciudad para ejercer la docencia en el Instituto Manuel J. Calle. Un hombre multifacético, extraordinario y con profundidad espiritual e intelectual. Exquisito en su ser y en su poesía. Recuerdo a Don Emiliano con afecto, en el barrio de la calle Sucre, donde habitábamos.

En 1972 comentó Don Emiliano a Adolfo Coronel Illescas que: «tenía como huésped de mi casa a un primo de mi esposa, Pablo Alvarado Jaramillo, quien una mañana llegó con un disco y me dijo: voy a poner en la victrola esta maravilla, óigala con atención porque no me iré de Cuenca si usted no me da la letra para hacerla cantar en nuestra Loja. En la noche, arrullado por el Tomebamba, en la soledad de mi cuarto, me puse a soñar estudiando motivo por motivo y secuencia por secuencia, con el auxilio del disco, el encantador pasillo. La fuerza de un «sino cruel» me tenía lejos de mi ciudad natal. La letra, pues, no podía ser sino recuerdo, nostalgia, añoranza, saudade suspiro de pena». Así, con mi mente en Loja escribí. A la mañana siguiente entregué mi poema a Pablo Alvarado Jaramillo, quien puso el disco y fue el primero que lo cantó”.

Con la fusión de esas dos insignes composiciones: la musical de Cristóbal Ojeda Dávila y la poética de Emiliano Ortega Espinosa, surgió el hermoso pasillo “Alma Lojana”, que luego se extrapoló a ese “Ser Lojano” definido por Alejandro Carrión, y a esa alma sensible que tiene la capacidad de sentir, que es la de todo lojano.

“Alma Lojana” es un pasillo mágico para los lojanos. Cuando lo escuchamos ponemos nuestras manos en el pecho como denotando que allí habita el alma, junto al corazón que es el que ama.