Rafael Riofrío
En materia de ética, me declaro radical. No es arrogancia; es la convicción de que los seres humanos debemos tratarnos siempre como un fin y nunca como un medio. En Ecuador, donde a menudo se mide el valor de una persona por su título, sus «palancas» o su utilidad productiva, esta idea es sediciosa: cada uno de nosotros valemos por el solo hecho de existir. No necesitamos «ser alguien» en la vida; ya lo somos. Esta verdad se vuelve hoy más cruda: el sistema nos obliga a coleccionar diplomas que luego se empolvan en perchas, pues ni siquiera el esfuerzo académico garantiza un empleo en un mercado que nos ignora. El título no es el ser. Como señaló José Martí: “El primer deber de un hombre es pensar por sí mismo”, y ese pensamiento debe empezar por reconocer nuestra dignidad más allá de una vacante laboral.
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