El hombre y mujer constituyen los supremos valores de la tierra

Nada se estudia con austeridad, hondura, deseo de acertar y de servir a la colectividad que confió en ellos al depositar los votos en las urnas en tiempo de elecciones. Pareciese, que casi todos ellos, no tienen otro culto que el de su persona, su prestigio, su publicidad. Son ellos mismos los que primero figuran en un sentido u otro al encabezar acciones y decisiones. Supuestamente para ayudar a los hombres y mujeres que fundan el pueblo.
El hombre y mujer constituyen los supremos valores de la tierra, se ha dicho. ¿Cómo educarlos, estimularlos, guiarlos, garantizarlos? He aquí todo el problema. Cada hombre y mujer establecen un misterio frente al mundo y en su intimidad un mar misterioso. Dentro de cada individuo, se encuentran, mil instintos e intuiciones, mil sensaciones y sentimientos que deben ser canalizados por la inteligencia e impulsados por la voluntad y el amor. O simplemente someterlos por la fuerza, que constituye represión, que violenta el más sagrado valor de los hombres y mujeres que es la libertad, compromete a la historia y a la época actual.
El sometimiento por la fuerza, obliga a la historia y a la época actual, nos recuerda: al Tribunal de la Santa Inquisición, que se crea el 17 de Septiembre de 1840, posiblemente el instituto más aterrorizante que la humanidad conociera en el curso de toda su historia, por lo menos hasta el aparecimiento de la Gestapo hitleriana en el siglo XX. Siendo la cabeza el monje dominico que pronto se volvería sinónimo de intolerancia y fanatismo: Tomás de Torquemada. Es decir, la cultura del miedo y el terror.
Frente a lo anotado, algunos pensadores aseveran que el hombre nació para el ideal; para el impulso y la lucha hacia el ideal. Si apóstata de su deber, si prefiere un pacifismo vulgar, fracasa. Nació para trabajar, para dominar la materia, para someterla al espíritu, para ayudar al individuo en su lucha contra los obstáculos, todo ello para cumplir un ideal, la “existencia auténtica” que señala Heidegger. La etapa histórica que vivimos debe ser atendida mediante una clara visión del mayor número posible de hombres y mujeres, donde la visión sea clara, exacta, vigorosa de lo que se debe hacer para acelerar la marcha, para avanzar hacia una mayor justicia y libertad, hacia un bienestar integral más universalizado, estos valores, solo puede provenir de la educación, de la enseñanza, del trabajo cotidiano y la creatividad. Cierto que el pueblo se guía por las instituciones que le sugiere la vida, pero necesita orientación moral e instrucción cívica para apreciar con exactitud a los conductores y las circunstancias. Para crear una cultura basada en el amor.
La cultura basada en el amor, entendemos, pretende formar seres humanos para el presente, para cualquier presente, seres en los que cualquier otro ser humano puede confiar y respetar, seres capaces de pensar en todo y hacer lo que se requiera como un acto responsable desde su conciencia social. Para de una vez por todas dejar esa mala práctica de la cultura del miedo y el terror que se basa en la represión, que a nada nos conduce. Usted tiene la palabra Señor Presidente. Así sea.