Mística y eternidad

P. Milko René Torres Ordóñez

Nació un domingo al mediodía en Lübeck,ciudad portuaria de Alemania.  “Los niños nacidos a esa hora en que la sombra no existe serían serenos y afortunados. Con ese niño, al menos, el augurio se cumplió: la serenidad ya era en sí misma una fortuna. Fiel a un humanismo que abreva la razón y la belleza, construyó mundos narrativos que resuman eternidad, razón, mística y belleza” (T. Man, La muerte en venecia).

Tanto como desempolvar libros, redescubrí la esencia de la cercanía con un amigo que siempre está presente. Nunca pierde la paciencia. Espera. No se marcha. Thomas Man, está aquí. El contexto literario de este Premio Nobel en 1929, me ubica en el vientre de la postpandemia. Pienso que no estamos en el comienzo de un parto en el que la humanidad quiere prepararse para una vida, no nueva, sino definida por las circunstancias. Nos regodeamos y hablamos de una nueva normalidad. Nos encontramos en el umbral de tantos retos, que vendrán. Entre tanto, no podemos descuidarnos. Si, en los meses críticos, de marzo y abril, hablamos de quedarnos en casa, de entrar en ella, ahora hacemos una relectura de nuestros momentos en un singular distanciamiento. De modo personal, les confieso, que, paradójicamente, volví a Dios: oración, Eucaristía, serenidad y paz. Todo esto significó, además, un proceso de madurez humana y de identidad social y humana. La serenidad de la que habla Thomas, con la que construyó sus mundos, es más que un valor. Abarca un espacio que debemos cuidar y fortalecer. El horizonte abigarrado con nubes negras, madrépora de corruptos, politiqueros y mercenarios que han succionado la dignidad, es una pintura que denigra nuestra espiritualidad. Este cuadro no lo creó Dios. El pseudo super hombre ha cabado su propia tumba, ha celebrado su autosepultura. La serenidad nos lleva a la eternidad. Más que un sueño de Dios, es su obra perfecta. La eternidad, no es inmortalidad, es el presente del mundo que nos acoge. La madre tierra respira con el aire de la regeneración humana. De sus entrañas se nutre la ecología, eterna luz de un nuevo idilio, de la libertad que nos pertenece. La mística es connatural en nosotros: la capacidad del asombro, la veneración del silencio, la sensibilidad ante el dolor, el júbilo, la alegría y el canto. Esta época nos recuerda el Principio y Fundamento ignaciano, actual y trascendente. Nos urge vivirlo. Lo contextualizamos con el lenguaje actual: “El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su alma…”.  El santo lo propuso como un método para encontrar a Dios, ganar en libertad interior y adiestrar los sentidos hacia su voluntad. Es la materia prima con la que alguien podría empezar a considerar su vida, y empezar a fundar un edificio de decisiones vitales sobre cimientos realmente sólidos. Gracias Thomas.