El viaje de Felipe Burneo

Santiago Armijos Valdivieso

Para servir a la colectividad no se necesita haber ocupado un rimbombante cargo público o una alta dignidad de elección popular; pues, existen muchas personas, quienes, sin estruendo, vanidad o ruido, han servido exitosa y silenciosamente al prójimo, mediante esforzadas actividades que brotan de la iniciativa privada como resultado del afecto y de la identificación con el terruño que los vio nacer.

Ese fue el caso de Felipe Burneo Burneo, lojano de nacimiento, de convicción y de vocación; quien, con acierto, dedicación y honradez dedicó su vida a trabajar desde la esfera empresarial para contribuir al anhelado crecimiento económico de Loja. Lo hizo con acierto en la compañía ILELSA, junto a su esposa y a su familia política: Álvarez Benavides, en la que se produce el licor “Cantaclaro”: esa lojanísima bebida espirituosa hecha con dulce caña sureña, tan presente en los jolgorios y tristezas de nuestro vecindario. También, fue un destacado integrante del Directorio del Banco de Loja y un entusiasta partícipe en la concesión de numerosos créditos en las provincias de Loja y Zamora Chinchipe para el nacimiento y desarrollo de pequeñas, medianas y grandes empresas de distinta índole que han generado progreso y muchos puestos de trabajo en la región. Así mismo, trajinó con vocación social en el Club Rotario de Loja para impulsar obras solidarias en calidad de presidente. Fue entusiasta promotor de la Cooperativa de Ahorro y Crédito “Fortuna”, del “Colinas Tenis Club” y del “Camposanto Los Rosales”. Como hombre de espíritu libre fue un incansable motociclista y ferviente impulsor del “Club Ecuaventura” junto al que recorrió miles de kilómetros de aventuras y amistad. Gerenció exitosamente y por varias décadas -hasta obtener su jubilación- la sucursal Loja de Importadora Tomebamba S.A., en la que, haciéndose amigo de sus clientes, y encontrando útiles soluciones de financiamiento, facilitó el acceso de muchas personas a ser propietarios de esos vehículos indestructibles e infalibles de nombre “Toyota”. Ya jubilado, pero aún con fuerza y energía para servir, continuó trabajando en nuevas actividades relacionadas con la comercialización de automotores, a través de la empresa “Ecua Auto Loja”.
Simultáneamente, Felipe Burneo, siendo un hombre bueno y carismático, fue dueño de una especial y feliz forma de saborear la vida; pues, el positivismo, la sencillez, la praxis y su enorme predisposición a esculpir lazos de verdadera amistad y consideración con sus semejantes, marcaron siempre el encabezado de su hoja de ruta.

Soy de los que piensan que llegar a ser una buena persona es algo realmente difícil, dado que los seres humanos estamos plagados de defectos y mezquindades que continuamente amenazan con expulsarnos de la delgada línea del equilibrio y del bien. En el caso de Felipe, es justo reconocer que no solo llegó a ser un hombre bueno y generoso, sino que se mantuvo inclaudicable en esa condición hasta sus últimos días para beneplácito de una gran cantidad de integrantes de nuestra comunidad lojana, quienes con dolor, pero con entrañables recuerdos, extrañaremos su mano amiga.
Siempre que trato de entender, asociar y digerir esas palabras gigantescas que son: amistad y muerte -tan distantes y cercanas entres si-; ronda en mi cabeza, una y otra vez, aquel sueño magnífico que fuera revelado por Gabriel García Márquez en el prólogo de su libro: Doce cuentos peregrinos, que literalmente dice: “Soñé que asistía a mi propio entierro, a pie, caminando entre un grupo de amigos vestidos de luto solemne, pero con un ánimo de fiesta. Todos parecíamos dichosos de estar juntos. Y yo más que nadie, por aquella grata oportunidad que me daba la muerte para estar con mis amigos de América Latina, los más antiguos, los más queridos, los que no veía desde hacía más tiempo. Al final de la ceremonia, cuando empezaron a irse, yo intenté acompañarlos, pero uno de ellos me hizo ver con una severidad terminante que para mí se había acabado la fiesta. «Eres el único que no puede irse», me dijo. Sólo entonces comprendí que morir es no estar nunca más con los amigos”.

No tengo resquicio de duda que precisamente eso sucedió en la afectuosa despedida que dieron los numerosos amigos a Felipe Burneo, en su largo viaje a la bóveda infinita de la luz y de las estrellas.