La paciencia de Segundo Cueva Celi

Efraín Borrero E.

En mi niñez no había teléfonos y ni pensar televisión. No estoy hablando de Loja del tiempo de la chispa. Lo real es que por entonces y muchos años más la provisión de obras, bienes y servicios por parte del Estado se hacía por “territorios priorizados”: Quito, Guayaquil, el resto y nosotros. Será que por estar en el último rincón no nos alcanzaban a ver.

La falta de conectividad, utilizando esa elegante y mágica palabra, resultaba una chichiguada frente a otras grandes y apremiantes necesidades como la vialidad, pero nos dábamos modos para trasladarnos a sitios apartados, como también lo hizo Velasco Ibarra a lomo de mula para llegar hasta Macará, en donde pudo constatar sorprendido que los textos escolares eran del otro lado.

Estábamos prácticamente aislados, nuestras esperanzas remaban contra corriente; más aún el sector fronterizo al que se lo castigó brutalmente con la “política de fronteras muertas” como consecuencia del conflicto del 41. Bajo el criterio de “razones de seguridad” no se construyeron carreteras ni tampoco electrificación. El resto fue una consecuencia obvia: no salud, no educación ni servicios básicos.

Para comunicarnos con el resto de la provincia y el país se utilizaba el sistema Morse, que no era otra cosa que el telegrama generado a través de representaciones de letras y números mediante señales que corrían a través de cables. Los empleados encargados de hacer llegar los papeles bien doblados a sus destinos pasaban las de Caín, precisamente por falta de carreteras. Un capo del código Morse fue Oswaldo Proaño Cevallos, además de ser un gran deportista que representó a Loja. Amigo de inmensa recordación.

La comunicación entre las familias de la apacible urbe lojana era posible a través del “chasqui”. Los mensajeros éramos los muchachos que recibíamos las instrucciones, repetidas una y otra vez para no olvidarnos. Los recados, generalmente de nuestras madres, eran por escrito o de palabra. Habían mensajes en clave, por ejemplo: Dile a mi mamita que me regale una ramita de tenme allá. Perfectamente claro para la abuela menos para el inquieto e insoportable nieto mensajero.

En las casas la radio era el medio de distracción y cubría la necesidad de informarse sobre lo que ocurría en el país y el mundo. Nuestros padres conocían de memoria el dial y apuntaban la aguja en el sitio preciso, tanto para las noticias como para escuchar la música nacional que les llenaba el alma.

HCJB La Voz de los Andes cumplía ese rol con nitidez a través de los aparatos Telefunken o Philips ubicados encima de una cómoda grande. Radio Nacional Espejo también era potente porque tenía dos ondas: corta y larga; la una llegaba hasta Latacunga y la otra hasta el filo de la patria en Macará. La preferíamos por las radionovelas Chucho el Roto, El Derecho de Nacer, Kaliman y Kadir el Árabe, entre las preferidas.

Localmente la sintonía era con Radio Ondas del Zamora dirigida por Carlos Manuel Valarezo Loayza, oriundo de Piñas.

Recuerdo que esa radioemisora tenía su sede en la Plaza de Santo Domingo. Leopoldo Palacios, que cantaba maravillosamente, estaba a cargo de una amena programación. El radio operador fue Flavio Ernesto Coronel Illescas, que junto con Carlos Enrique Vélez marcaron el hito de ser pioneros en Loja de ese quehacer, como reseña Rogelio Jaramillo.

Don Flavio Ernesto fundó posteriormente Radio Centinela del Sur en la que se destacó como locutor nuestro recordado amigo Edgar Gonzalo Canelos Suárez.

Reconocidos personajes brindaban su colaboración voluntaria a Radio Ondas del Zamora, entre ellos Segundo Cueva Celi, casado con mi tía abuela Victoria Espinosa Ruiz. Él estuvo a cargo de un programa de música que se transmitía los domingos.

A mi prima Susana y al “suscrito”, como dice el Teniente Político, se nos ocurrió la loca idea de cantar en dúo. Fuimos a visitar a mi tío Segundo para manifestarle nuestro deseo de participar en ese programa musical. Qué quieren cantar, nos preguntó con suave voz, “Aunque me cueste la vida”, respondimos con recelo. Era el bolero del dominicano Alberto Beltrán que sonaba fuertemente por entonces.

Nos pidió que interpretáramos el comienzo de la canción, como para recordarla, y así fue. Al maestro insigne poco o nada le habrá convencido nuestras dotes de cantantes; sin embargo, con la misma paciencia de la que hacía gala ante sus “Chachitos” bernardinos, una y otra vez nos repasó. No recuerdo hasta qué punto llegamos, lo más seguro es que hayamos desistido de la audaz pretensión.

Pero más que la paciencia era la dulzura exquisita del hombre gentil y bondadoso al que las palabras no alcanzan para describirlo como ser humano. Y, claro está, el entrañable cariño familiar.

Sobre Segundo Cueva Celi, excelso ícono de la lojanidad, se ha escrito en abundancia. Sus más de tres mil composiciones, que rayan el límite de la perfección, constituyen patrimonio nacional.

Lo que de manera especial se ha resaltado es la inefable sensibilidad de su inspiración, compatible con la naturaleza de su maravilloso ser. “Son suaves y delicadas sus melodías, y a veces no se sabe si está escuchando el nacer de una fuente de armonía, el latir de un corazón enamorado, o percibiendo el perfume de cien rosas de otoño”, decía Carlos Enrique Carrión Aguirre refiriéndose al egregio maestro.