Cuando Loja tembló

Empezaba el año 1749 cuando en la pequeña y apacible ciudad de Loja habitaban aproximadamente nueve mil personas. La casa del Cabildo, la Iglesia Matriz, los monasterios de los dominicanos, franciscanos y de Nuestra Señora de las Nieves, actual convento de las madres conceptas, así como la Iglesia de San Sebastián, eran las edificaciones principales.

La Iglesia de San Sebastián era muy sencilla, construida con adobe, estaba junto a la actual que en realidad es de la Inmaculada Concepción. Allí se veneraba la Imagen de San Sebastián, valiente soldado romano que murió mártir defendiendo su fe en Cristo, patrono de la parroquia.

Había artesanos que elaboraban distintas manualidades, herreros expertos en poner herrajes a los caballos, zapateros, sastres, modistas, plateros y fabricantes de sillas de montar. El comercio estaba bien abastecido, incluyendo telas finas para los de dinero y ordinarias para la chusma. La producción de ganado vacuno y mular generaba riqueza.

La explotación de la cascarilla, la comercialización de la cochinilla, especialmente a Cuenca, y la producción minera en Zamora y Zaruma, determinaron que Loja se convierta en el eje de esas actividades y que estuviera relacionada con otros centros mercantiles; es decir, no estábamos tan aislados.

Loja tenía por entonces tres parroquias: San Sebastián y El Valle, que fueron las primeras, y El Sagrario posteriormente. En El Valle habitaban indígenas y estaba distante de la ciudad. Su iglesia, San Juan de Dios, construida en el siglo XVII, se ha conservado reluciente a través del tiempo.

Fue el 20 de enero de ese año cuando la tierra lojana se sacudió como potro chúcaro. Un fuerte terremoto causó graves daños. La gente corría despavorida, algunos se subieron a los árboles y otros treparon las lomas. Las oraciones se multiplicaban. Algunas casas se desmoronaron. La Iglesia de San Sebastián se vino abajo con santo y todo.

osteriormente sustituyeron la imagen de San Sebastián y el Cabildo Lojano lo designó “Patrono Jurado de la Ciudad.

La zozobra se apoderó de los habitantes algunos de los cuales prefirieron refundirse en Cariamanga y Sozoranga en previsión de que se repita tal desastre. Las que se mantuvieron firmes en el interior del convento fueron las madrecitas conceptas. Habrán dicho que nos trague la tierra pero jamás verán nuestros ojos de caña verde.
Hay quienes aseguran que ese movimiento telúrico ocurrió ochenta y nueve años atrás, pero yo me quedo con los terremotos del Instituto Geofísico EPN, que registra el año 1749 recogiendo la versión del reconocido investigador y escritor, Dr. Manuel Villavicencio, en su obra Geografía de la República del Ecuador, editada en New York, en 1858.

Pasaron muchos años hasta el 9 de diciembre de 1970, durante la presidencia de José María Velasco Ibarra. A las 23h35 y durante un minuto la provincia de Loja se balanceó como en hamaca. El epicentro del terremoto, de 8 puntos en la escala de Mercalli, fue localizado a 20 km al oeste del poblado de Cazaderos.

En la ciudad de Loja las cosas no pasaron a mayores que no sean el pánico que se produjo, la gente que salió a la calle en paños menores, los mercados que se repletaron para abastecer de víveres a la población, el arrepentimiento de los pecadores, algunas edificaciones cuarteadas y el caso de doña Carmelita que arrodillada en su cama de madera, invocando desesperadamente a cuarenta y dos santos, de pronto quedó patas arriba porque la cama se descalabró con el fuerte movimiento, tal como comenta su hijo Roberto, mi amigo.

Las graves consecuencias se produjeron en algunas localidades de la provincia: Gonzanamá, Celica, Alamor, Amaluza, Quilanga y Cariamanga, ciudad que sufrió el mayor desastre ya que fueron muchas las casas devastadas; el hospital se destruyó parcialmente obligando a dar de alta a algunos enfermos.

Fue terrible lo ocurrido en la provincia. Se hablaba de doce personas fallecidas y varias decenas de heridos. La angustia entre los habitantes produjo crisis colectiva. Se ocuparon plazas, canchas de fútbol y algunas personas fueron al campo abierto donde se instalaron carpas con ayuda del ejército. También se registró la caída de rocas y deslizamientos de tierra.

Tanto por la alarmante información de prensa como por el informe del gobernador, el Presidente Velasco Ibarra tomó en serio el asunto y tres días después, el doce de diciembre, en un viaje sorpresivo visitó los poblados de Alamor, Celica y Cariamanga, localidad a la que destinó el mayor tiempo para ver con sus propios ojos lo ocurrido.
Allí conversó con Sigifredo, funcionario público que explicó la situación: Señor Presidente, nosotros sí que hemos padecido las San Quintin, en 1953 también pasó algo similar, y como usted podrá observar la cosa está jodida con este terremoto, le dijo. El Presidente replicó: suficiente señor, hay que reconstruir Cariamanga, eso es todo. Me escuchó, le dijo en voz alta a un ministro distraído que lo acompañaba. Sí señor Presidente, sumamente claro, le respondió.

Los lojanos estamos seguros que la Churonita y nuestro Patrono Jurado nos protegerán de cualquier otro desastre, y que podemos acostarnos tranquilos sin necesidad de dormir con un ojo abierto.