Los que se fueron

Con el alma entre los dientes, con mi mente llena de recuerdos, de tiempos mejores que es inevitable rememorar, sumido en el letargo de este feriado tan largo, que personalmente me desubica mucho. Empiezo a escribir estas líneas repletas de evocación, de vivencias muy hermosas que dejaron en mi vida, seres amados que se me adelantaron a ese misterio insondable de la muerte.

Las fechas asignadas por los hombres, para la recordación de un hecho o una situación en particular, inciden indudablemente en nuestro comportamiento en esa fecha, sin que podamos abstraernos de la misma. Entonces salen a relucir sentimientos encontrados, de acuerdo a cada conmemoración. Es así, que durante el año el calendario nos marca celebraciones importantes de acontecimientos y remembranzas trascendentes en la vida de todos los confundidos habitantes de este planeta.

El 2 de noviembre de cada año, es el día escogido para recordar, cada uno a su modo y manera a los que se fueron antes en ese tránsito hacia horizontes desconocidos, por los que ineludiblemente iremos todos tarde o temprano, en este día es imposible no llenarnos de imágenes que traen momentos en su gran mayoría gratos, de quienes compartieron mucho camino andado, y en ciertos casos cimentaron lo que hoy somos y tenemos. En la vida de cada quien, hay personas que dejan una marca imborrable en el corazón de cada individuo. Por la enorme dosis de amor, ternura y comprensión, que nos inyectaron con cada detalle que tuvieron, con cada palabra de aliento que pronunciaron, con cada minuto que nos dieron de su compañía, de los que como casi siempre ocurre a nivel humano, solo reparamos ante el irremediable hecho de su ausencia.

Por eso, aunque suene muy trillado, si quieren demostrarle a alguien cuanto lo aman, el momento es aquí y ahora. Ese amor debe partir de la aceptación que seamos capaces de generar hacia el otro, sin pretender que sea o convertirlo a nuestra imagen y semejanza, respetando sus espacios e individualismo a toda costa. Después no quedaremos con un mal sabor en el alma, pensando en lo que pudimos dar y no dimos, lo que pudimos hacer y no hicimos.

La pandemia ha agudizado mi sensibilidad respecto a la fragilidad de la vida, trato en lo posible de tenerlo presente en cada día de permanencia aquí. También intento ser puntual al momento de manifestar los afectos, procuro no quedarme con nada en los escondites en los que se albergan los sentimientos que deben fluir espontáneamente, y que sin embargo muy seguido nos resistimos a expresarlos. Yo he perdido más de la mitad de mi familia, he saboreado la impotencia de verlos partir sin poder evitarlo, luego seguir el proceso doloroso de la aceptación de la voluntad de Dios.

Debemos tomar conciencia de que cada instante estamos expuestos a irnos y a que se vayan los seres queridos que nos rodean. Me permito sugerir a quienes me conceden su atención que vivan con intensidad, cada cosa que hagan, que gasten todo el hilo que tengan en el carrete, sin dañar a nadie, dejando y llevándose la belleza de la vida, que está en lo simple y sencillo, en la grandeza de la sinceridad, que nos recuerden dando lo mejor que nuestra frágil humanidad fue capaz de dar. Que nos recuerden, con cariño, como en este día recordamos el maravilloso legado de amor de los que se fueron.