No todos los poderes del lector son positivos

La frase que anuncia este titular la he tomado literalmente del antropólogo e historiador de la lectura, Alberto Manguel, para aseverar que, lamentablemente, así es con la pose de cierto núcleo de lectores que así actúan. Este escritor señala que hay “lectores autoritarios que impiden que otras personas aprendan a leer, lectores fanáticos que deciden lo que se puede y lo que no se puede leer, lectores estoicos que se niegan a leer por placer y exigen que solo se cuenten hechos que ellos mismos consideran ciertos: todos ellos intentan limitar las amplias y variadas facultades del lector” (2011) que, por cierto, son muy vastas y que, desde infinidad de variantes interpretativas le dan vida a la palabra escrita que, aunque aparezca finita en la página, el lector la reinventa, la analiza, la amplía, la cuestiona, la vapulea tratando de entender y de extraer alguna luz, algún mensaje que le permita calmar su ansiedad en torno a saber sobre lo que hay más allá de lo que el autor aporta; o simplemente, lo que el lector quiere es deleitarse, disfrutar, sentirse cómodo frente a una porción de lenguaje que sale airoso en cada página y que, por ende, le da alivio a su entendimiento y a su emocionar más sentido.

Y, por supuesto, habrá lectores que aceptan literal, concordísticamente o de memoria pasajes con los cuales se sienten a gusto, o quizá angustiados cuando ciertos “mediadores” en la escolaridad o en el hogar los obligan a leer de esta manera, con lo cual lo que hacen es ahuyentar a estos potenciales lectores que podrían dar mucho de sí, si encontrasen el libro adecuado a través de un auténtico mediador que les haga ver al texto como novedoso desde circunstancias que le sean atrayentes a un lector que desea acercarse al campo del conocimiento que en ese escrito se evidencia literaria, humanística o científicamente, no tanto para memorizar reglas o conceptos, sino para sentirse atraído, satisfecho y contagiado de ese lenguaje al suponer que puede encontrar una respuesta que le encamine a meditar, a reflexionar y a filosofar ante la vida a partir de esa palabra escrita que es aleccionadora cognitiva, estética, axiológica y lingüísticamente bien entendible porque está dispuesta en la página con la cordura y armonía con la que el autor trata de plasmarla en el manuscrito.

En fin, son múltiples las conductas lectoras, y a veces no tan sanas que, en efecto, pueden influir negativamente en los lectores que recién empiezan a adentrarse en las páginas de un texto, tal como lo afirma Juan Domingo Argüelles: “El deber de leer, por más que nos lo quieran endulzar, es un deber amargo. Lo digo por experiencia y, por ello, puedo comprender perfectamente el drama que tiene que enfrentar un adolescente que dice ‘¡mierda!´ cada vez que lo fuerzan a experimentar el ‘deleite’ de un libro: Si lo que quiere un muchacho es estar pateando la pelota y lo que se le impone, en vez del futbol, es la lectura de un libro, ya echamos a perder el posible disfrute de leer” (2014).

De ahí que, el lector que se inicia en esta exquisita experiencia lectora para que, en efecto, sea apetecible, debe saber desde el inicio que, como señala Umberto Eco, “un texto es un universo abierto donde el intérprete puede descubrir infinitas conexiones” (2016) según sea su grado de interés en el texto, y que, además, como reitera Argüelles, “se puede leer sin dejar el futbol ni la computadora ni la conversación con los amigos. Hay que leer para vivir y no vivir para leer. Y leer lo que se nos pegue la gana, y no lo que se le pegó la gana a otros” (2014) por expertos que fueren, porque leer no es un don de mando, sino de contagio bienhechor, como lo es una conversación con alguien con quien uno puede emprender libre y voluntariamente.