Loja de agro feudal

Cerca del 45% del territorio lojano es de tipografía accidentada, es decir, contiene rocas, peñones abruptos y terrenos innecesarios. Ahora, resulta curioso que, aproximadamente, el 25% de la población reside en el campo y trabaja en tareas agropecuarias, sin que este hecho signifique un retraso cultural.

Con esta premisa conviene señalar que las tierras para irrigación, que se han calculado, sobrepasan las  16.500 hectáreas, las mismas que están distribuidas en toda la Hoya de Loja, en los valles de Catamayo, Malacatos, Piscobamba, Guancocolla y riberas de Catamayo, Jubones, Matalanga Alamor y Puyango. Sin embargo, la irrigación de estos valles y riberas se debe a iniciativas particulares más no estatales, ya que su presupuesto de planificación y realización se ha dirigido a proyectos de irrigación en sectores de la Hoya de Loja tales como Macará y San Pedro de Vilcabamba. Las posibilidades de irrigación son numerosas y en todos los costados provinciales, hasta el punto en que se puede triplicar la actual superficie labrantía.

Según los estudios realizados por los organismos competentes se puede determinar que la mayoría de la clase terrateniente se ha contentado con vivir del arrendamiento de tierras a los arrimados, colonos y arrendatarios. Hecho que ha limitado su transformación a una burguesía capitalista rectora de la economía agraria provincial. Han producido la providencia familiar, manteniendo en sus latifundios una organización agrícola semi feudal que se tradujo en la languidez y pobreza de los poblados aledaños a los latifundios.

La estructura de la tenencia de la tierra, heredada desde la época de la conquista, se ha visto agravada por las cruentas características geográficas, especialmente en ciertas zonas fronterizas sureñas que, además, reciben las influencias climáticas de los desiertos peruanos.

La falta de riego y mecanización no sólo han hecho a estas tierras improductivas sino también deshabitadas. Tierras malas y clima hostil, minifundios y grandes propiedades, con campesinos que trabajan como los antiguos paltas, con unas prácticas de conservación de suelos ausente.

Explotación intensa de patrones que degradan al arrimado, al arrendador, al caynador, yanapa, pongo, peón y ese pobre campesino fronterizo que paga el herbaje anual al dueño de esos peladeros, aunque la cabra se haya muerto con ojondo al principio del año.

Agro feudal, sin alegría en las parcelas y sin aquellas ilusiones más que las de los mismos terratenientes hispanizados. Hay misérrimos pueblos en tierras eclesiásticas y en torno a un campanario de adobe que inició el concertaje. En los ricos valles están las haciendas y en las alturas inhóspitas los barrios indios de cuya miseria no se acuerdan los poetas, esas plañideras de la revolución que reflejan cosas falsas con su llanto alquilado. Las rutas antiguas que atravesaron los pueblos hoy van a las haciendas, negando hasta el paso por los puentes a los arrieros. Hay latifundios eclesiásticos que ahogan a los pueblos, como Amaluza y Jimbura: también propiedad urbana como la adscrita en la catedral de Loja, que tiene una especie de barrio curial para cuya conformación hubo de desaparecer hasta la tradicional capilla del Sagrario, donde recibieron las aguas bautismales lo mejor de la curuchupanguería lojana y hasta algunos de los propietarios.       

Muchos de los terratenientes tienen el concepto de la renta antes que el de producción. Su inercia y su irresponsabilidad ciudadana les hace ignorar lo que vale el espíritu de creación y el poder organizador.