La vida un don sagrado

Juan Luna Rengel

En la celebración religiosa del Día de los Difuntos, cada 02 de noviembre, estamos llamados a recordar la memoria de infinidad de familiares, amigos, conocidos y considerar el bien que realizaron en su paso por la vida, saber que su vida fue siempre un espacio de encuentro, de paz, de esfuerzo y de servicio. En ellos se experimenta la misericordia de Dios, pues, su muerte natural, no es sino un abrazo con el dueño de la vida.

La muerte es conforme es la vida. Silenciosa y agitada, en otros casos violenta y cruel, desnudando la inhumanidad y pérdida de valores que va prevaleciendo en una sociedad que se distancia de Dios, y de sus principios de humanismo. Cada vez nos ponemos barreras para no defender la vida y esperar que llegue la muerte, según, “los destinos divinos”, más, sin embargo, la muerte no es un destino, es una realidad y debemos enfrentarla y ese enfrentar debe empezar por defender el derecho a vivir como unos de los dones más sagrados, lo dijo Jesús “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10), por tanto, nadie puede quitarnos la vida, sino solamente aquél que la crea.

En esta fiesta espiritual vale preguntarnos como ecuatorianos ¿estamos cuidando la vida? Revisemos las cifras: “En Ecuador, en los dos últimos años, se incrementaron vertiginosamente las muertes violentas: en 2021 con 1.291 víctimas y en lo que va del 2022, hasta el 20 de octubre, van 3.510 casos. Un promedio de 11 muertes violentas por día, tipificadas como homicidios, asesinatos, feminicidios y sicariatos, ocurridas en las cárceles y las calles de las provincias de Guayas, Esmeraldas, Manabí, El Oro, Los Ríos, Sucumbíos y Santo Domingo, entre otras. La tasa de homicidios por 100 mil habitantes es de 15.48 y Guayaquil ha pasado a la lista de las 50 ciudades más violentas del mundo” (Carta No. 156 Comisión de Justicia y Paz).

Con estas cifras letales, aquella parte identitaria del Ecuador “isla de paz”, se va al triste recuerdo y lo que hasta ayer era un orgullo, hoy se ha convertido en una pesadilla de miedo, angustia, desesperación, ya que la muerte acecha, sin que hayas salido a buscarla. La muerte, ronda las esquinas de nuestros barrios y la escalada de violencia desconcierta e impacta. No hay lugar seguro, repetimos cada día, sin embargo, poca escucha tenemos.

La descripción de esta dura realidad nos interpela y desafía. No debemos permitir que los ciudadanos nos encerremos y tengamos que pagar un precio por nuestra libertad y nuestra protección. La seguridad que garantice la vida es una obligación irrenunciable del Estado y para ellos sus políticas deben ser orientadas a garantizar el derecho a una vida digna. Por sobre la ley, debemos aprender a cuidarnos entre todos, respetando el don sagrado de vivir, nadie tiene puede quitar la vida del otro.

Para garantizar la vida y su seguridad deben aplicarse medidas que ataquen la raíz de la violencia, no sus efectos. Es preciso que se enfrente la pobreza, el desempleo, la ausencia de servicios básicos, que, en muchos casos lleva a los ciudadanos a predisponerse y enrolarse al narcotráfico, el crimen organizado o las bandas organizadas que pulular en todos los barrios.

Necesitamos urgentemente rescatar lo más valioso: la vida, derecho fundamental del ser humano que le permite ejercer los demás derechos. Cada vida humana «es única e irrepetible, es un valor inestimable en sí misma».