Algo que conmueve

Por: Sandra Beatriz Ludeña

“Muy buenos días, señoras y señores pasajeros”. — Así empezó a hablar aquel, que nos acusó con una sentencia—.

El cielo esta mañana estaba gris, el autobus estaba repleto, algunos iban parados, todos con las miradas y el pensamiento perdido en quién sabe qué.  Sin embargo, la voz de un hombre, que se paró al frente, con un tarro de fórmula de leche infantil, nos trajo de vuelta, de sopetón.

“Como ven, no traigo nada entre las manos para venderles, tan solo esta desesperación, que quizá algunos de ustedes no querrán comprarla… No, porque, ustedes todos, tienen una casa a donde dirigirse, un techo para cubrirse, una familia y amigos a quién pedir ayuda…”. Era casi irritante, porque el hombre, no hablaba, casi gritaba. 

“Hace unos días empecé con esta tarea, porque tengo un bebé recién nacido, y estoy aquí, donde nadie me conoce, no tengo con qué dar de comer a mi hijo, la madre no puede dar de lactar.  Nos quedamos a donde la noche nos sorprenda.  No tenemos qué comer, no he comido desde ayer y tengo hambre.  Tú no querrás estar en mi lugar, seguro, no querrás estar en mi lugar.  Y no puedes quedarte así, como si no importa, tienes que responder, esto es para valientes, si no me ayudas, la vida te lo reclamará”. 

Ahora, todos lo escuchábamos, algunos estaban de espaldas, pero las palabras eran como balas de metralleta, que atacaban, algunos que iban sentados, estaban sonrojados. Los que estaban de espaldas, cerraban los ojos, se agachaban.  

Pero, se calló un momento, sabiendo cuándo hablar, cuándo callar. Y volvió, con otro tono de voz.  “Señoras y señores pasajeros: todos nosotros compramos, cada día, minuciosos relatos de injusticia y muerte, miserables recuentos de crueldad infinita, desbordantes crónicas de locura, devastación y sangre, reducidas cifras del balance económico, en las que perdemos. Todos nosotros, desayunamos cada mañana, las noticias de la muerte, que tiene mayor protagonismo que la vida.  Pero, a nadie le importa en verdad, qué podemos hacer por el otro.  ¿Acaso, nos encanta este morbo, de sabernos crueles?”.

Y continuó: “No he venido a pedirles caridad, he venido a retarlos para que, en lugar de distraerse con la desgracia, nos conmovamos.  ¿Sí captas? No se trata de contar que mataron al fulanito, o que ayer encontraron muerta a la vecina, y recrearnos.  Se trata de conmovernos, y contar que un hombre en el bus pide ayuda. Y que varios acudimos para auxiliarlo.  Muchas gracias por su atención, señoras y señores pasajeros”.

Casi, todos como por inercia, estaban rebuscando billetes en sus carteras, algunos sacaban monedas, y otros, se agachaban, ante la valentía del insolente, que pasaba recogiendo las contribuciones.  Una verdadera sentencia, y algo que conmueve.