P. Milko René Torres Ordóñez
En cualquier circunstancia, lugar y tiempo, el momento de elegir nos ubica en el corazón de un laberinto. Un túnel, en apariencia, sin salida. Nos ubicamos en una encrucijada. Más lejos de una disyuntiva política, el discernimiento espiritual es mucho más complejo. ¿Qué hacer? ¿Qué rumbo tomar? Los caminos de Dios son inexplicables y misteriosos, con la luz oportuna al final de un túnel. Jesús vivió en carne viva esta realidad.
De Él hemos escuchado y aprendido el valor de la obediencia, la fortaleza de la fe. Su modo de proceder brota de la profundidad de su amor sin límites. Las consecuencias de su donación han inundado el mundo de justicia, paz, sacrificio, testimonio. ¿Quién le enseñó? Desde niño aprendió a amar las Escrituras. En ellas nutrió su sed de conocimiento para hablar del Camino, de la Verdad y de la Vida. Uno de los salmos que, seguramente, aprendió de memoria, oró con él para compartir el anuncio del Reino de Dios, es el 66: “Las naciones con júbilo te canten. Porque juzgas el mundo con justicia. Con equidad tú juzgas a los pueblos y riges en la tierra a las naciones”. En la misma línea, uno de sus discípulos más fervientes, san Pablo, acentúa la importancia del llamado de Dios lleno de misericordia. “Dios no se arrepiente de sus dones ni de su elección”. San Mateo narra una nueva vivencia de Jesús. Se encuentra en Tiro y Sidón, un territorio pagano. La gratuidad que brota de su corazón es universal. Ante la persistencia de una humilde mujer cananea, que pide ayuda para su hija, Jesús prueba la fortaleza de su súplica…” pero también los perritos se comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”. La impronta de Jesús es inmediata: “Mujer, ¡Qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”. La acción milagrosa de Jesús nos lleva al silencio gratificante. Un cristiano que está convencido de la importancia de la presencia de Cristo en su vida debe desinstalarse, despojarse de su egocentrismo “exclusivista” y abrirse a la gracia de Dios que es para todos. Cristo alaba a esta gran mujer que no es de su pueblo. En ocasiones parecidas critica la fe, ambigua, de quienes se consideran “legalmente buenos” y, quizá, “aptos” para vivir dentro de la Iglesia. El Cardenal Walter Kasper señala: “En la misericordia revela Dios su amor; la misericordia es, por así decir, el espejo de la esencia divina. Es la justicia propia de Dios, en la que él se corresponde no con nuestros criterios, sino consigo mismo y con su amor. La misericordia es la verdad de Dios sobre sí mismo. Nos dice que junto a Dios es posible la esperanza contra toda esperanza. A todo aquel que se lo pide, Dios le regala sin cesar un nuevo comienzo, lo que trasciende toda justicia humana”. Nos corresponde dar gracias a Dios porque nos regala el don de sabiduría, muy propio de las personas humildes. La santidad de cada uno de nosotros se logra a través de gemidos inefables, los cuales nos muestran el verdadero rostro de Dios. Gracias Padre.
