Galo Guerrero-Jiménez
Si comparamos la lectura que hacemos en las tecnologías de pantalla con la de los medios impresos, diametralmente, “leer no es lo mismo desde la iluminación imprescindible que llega del propio aparato electrónico, que la otra luz de la página que acariciamos al pasarla, incluso en la oscuridad, y que se ilumina de otra luz, de otro sol” (Lledó, 2022) que, hasta no hace muchos años, fue un deleite antropológico-mental, un ritual casi sagrado que, en efecto, hoy, casi con añoranza, aunque se siga leyendo en papel, por supuesto, se sigue sosteniendo que “el libro es, sobre todo, un recipiente en donde reposa el tiempo. Una prodigiosa trampa con que la inteligencia y la sensibilidad humana vencieron a esa condición efímera, fluyente, que llevaba la experiencia del vivir hacia la nada del olvido. La escritura abrió al ‘animal que habla’, condenado a la inmediatez de los instantes compartidos, el inesperado enriquecimiento de una nueva forma de diálogo: el diálogo con ‘otro’ tiempo, el diálogo con el pasado” (Lledó) que hoy desde el habla, la escritura, la imagen y la lectura global, fluyen en las diferentes tecnologías de pantalla como un hecho irremediable en esta era digital que ha trastocado el comportamiento educativo-cultural y socio-ecológico-político-ideológico de nuestra más genuina condición humana.
Por lo tanto, bien sea desde los medios de pantalla o desde los medios impresos, debemos continuar con la plena convicción de que, como señala Alberto Manguel, “leer es afirmar nuestra fe en el lenguaje y en su tan mentada capacidad para comunicar. Cada vez que abrimos un libro, confiamos, a pesar de toda nuestra experiencia previa, en que en esta ocasión se nos transmitirá la esencia del texto” (2016) si optamos, desde luego, leer desde lo inmerso y desde lo profundo que implica concentrarse para extraer la substancia que en él se puede concebir porque sabemos que “leer es una habilidad que enriquece el texto concebido por el autor, profundizándolo y volviéndolo más complejo, concentrándolo para que refleje la experiencia personal del que lo lee y expandiéndolo para que alcance los confines más lejanos de su universo y más allá” (Manguel); tal como sucede con Internet que está como un gran Ser Divino: en todas partes y con montañas de información que solo un buen lector las vuelve conocimiento y sabiduría cuando ha optado por leer desde estas tres condiciones básicas: lectura global, de profundidad e inmersa.
La lectura global se vuelve imprescindible en las tecnologías de pantalla, no así en un texto impreso que puede directamente adentrarse desde la lectura inmersa que lo llevará a leer con profundidad. En todo caso, como señala Miha Kovac: “Desearía que fuéramos capaces de procesar la información rápida y eficazmente en la pantalla y, a la vez, las reflexiones duraderas que requieran concentración y un vocabulario amplio y profundo desarrollado con la lectura de libros. ¿Acaso necesitamos esta doble capacidad? Aquí mi respuesta está clarísima: sí, la necesitamos. Primero, con la ayuda de los medios de pantalla podemos arreglárnoslas mejor en entornos ajenos y procesar más información que nunca. Y lo segundo porque: el mundo que nos rodea es demasiado complejo y peligroso para poder permitirnos la abstinencia lectora y rechazar la posibilidad de una concentración duradera [lectura inmersa] alegando que es innecesaria” (2022).
Por eso, con un marcado esfuerzo intelectual, acercarse a un libro impreso, sobre todo de carácter literario, y sin dejar de continuar con la lectura global en los medios de pantalla, dado que, el mundo contemporáneo, altamente tecnificado, así lo exige; leer un texto literario o afín, nos permite una flexibilidad de pensamiento y una empatía para convivir agradablemente con los demás y, por ende, con uno mismo, puesto que aprendemos a conocernos desde la convivencia espiritual que experimentamos cognoscitiva, cognitiva y estéticamente asimiladas.
