Dios anuncia la paz

P. Milko René Torres Maldonado

La Palabra de Dios, según la literatura rabínica, tiene setenta caras: “Así como el martillo rompe la piedra en pedazos, así un versículo de la Biblia puede tener muchas explicaciones”. Esta enseñanza judía, al tiempo de ser sabia, nos permite introducirnos en el propósito de querer comprender los planes de Dios.

Él escribe recto en renglones torcidos. Son sus caminos. Continuamos en la ruta para llegar al encuentro con un pequeño niño, excelso y grande, en la historia de cada hombre. San Agustín escribió: “No quieras derramarte fuera, entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior habita la verdad…”. Dios habla a los hombres al modo humano. Los profetas, como Isaías, han trascendido por la claridad de su mensaje y la profundidad de la esperanza que nos llenan de paz. Este personaje, quizá anónimo, nos acerca al manantial en que encontramos la fuente de agua viva: “Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice su Dios, hablen al corazón de Jerusalén”. Nos habla hoy. Actualiza la importancia de volver a transitar por el sendero correcto. La concepción que cada hombre, en su contexto específico, tiene de su fe, es un aprendizaje. Nos preparamos para la “Noche de Paz”. De muchas maneras. El nacimiento de Jesús es único, en su esencia y en su naturaleza. No cambia. El mundo gira, con la estrategia de un titiritero. Tenemos que volver al primer amor. Nuestro Dios, Padre y Señor, nos muestra medios muy eficaces. Uno de ellos es el desierto. Más allá de la concepción de un espacio geográfico, angustioso e inhóspito, este lugar se constituye en el hábitat ideal para nuestro desarrollo espiritual, muy humano. Allí, “la misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan”, canta un salmista. En los albores de la Historia de la Salvación, Dios amó, caminó, habitó y liberó a su pueblo, al que lo llamó “mi hijo”. Juan Bautista, el profeta que une el Antiguo con el Nuevo Testamento, invita a la humanidad a preparar el camino del Señor. El requisito es básico y claro: “enderecen sus senderos”. ¿Por qué? Detrás de él viene alguien que es más fuerte. La transición en la misión tiene su mérito: si “yo los he bautizado con agua, Él los bautizará con el Espíritu Santo”. Es un signo de alegre conversión. Jesús, no solamente propone, trae la paz. La tarea más necesaria, que hay que desarrollar, radica en la renovación interior. Nos compete superar el pasado. Despojarnos de una pesada armadura de hierro para revestirnos de un nuevo modo de vivir. De afrontar la historia cotidiana con la guirnalda de la ilusión. La fe, junto con la esperanza, tiene mucho corazón. Muchos colores que, no solamente adornan los escaparates comerciales, sino que iluminan el deseo de empezar una y otra vez a cambiar la cara teñida de amargura, de dolor insufrible, ciertamente inevitable. Nos preguntamos: ¿Este nuevo Adviento continúa con su rutina? A todas luces, cada impulso de fe nos remonta a escalar otras cumbres. El anuncio de la Paz tiene destinatarios concretos. Somos nosotros. Hombres y mujeres que vivimos en la cultura de ostentar aquello que nos hace falta: el amor.