Galo Guerrero-Jiménez
La necesidad de comunicación es básica en toda cultura; por ella, los individuos de una comunidad establecen vínculos muy profundos para compartir sus vivencias en todos los ámbitos del conocimiento y del convivir humano y, hoy, fundamentalmente, no solo desde la individualidad de la palabra hablada, de la lectura y de la escritura, sino, aprovechando los medios tecnológicos que estén a su alcance para comunicarse con una diversidad de colectivos humanos desde esa misma palabra hablada, desde la lectura, desde los diversos gestos corporales, desde el mundo de las imágenes y desde la tecnología del texto escrito, bien sea virtual o en físico.
Por supuesto, como señala Emilio Lledó, “la complejidad del mundo contemporáneo, el incesante fluir de mensajes, los poderes políticos y económicos, el progreso técnico y científico, y la maquinaria que mueve ese enorme tinglado son, efectivamente, una estructura muy distinta a la que sostenía el mundo hace no mucho tiempo” (2022), razón por la cual es necesario adquirir nuevas competencias para aprender a comunicarnos desde una educación adecuadamente asumida desde el potencial de nuestras inteligencias: intelectual, afectiva, espiritual, ecológica, lingüística, intrasubjetiva y, ante todo, intersubjetiva, de manera que sea posible el mejor aprovechamiento de los medios tecnológicos e informáticos, en especial, en el campo de la lectoescritura, para que nuestro “pensamiento no quede reducido al estado de gramófono” (Cobo, 2016), es decir, de un mero resonar, sin conciencia de qué es lo que decimos, o leemos, o escribimos, y sin poner a consideración nuestros juicios de valor.
Por lo tanto, estas nuevas formas de aprendizaje a partir de cualquier instrumento tecnológico, en especial, el de la lectoescritura, debe ser asumido metacognitivamente para que fluya hacia la colectividad desde un sentir y actuar hermenéutico, estético y ético y, ante todo, desde una filosofía del lenguaje que nos permita reflexionar profundamente desde una serie de interrogantes, como las que plantea Joaquín Rodríguez:
¿Leemos para pertenecer o para pensar, para acatar o para recapacitar, para estrechar nuestra conciencia o para ensancharla, para obedecer o para contravenir, para doblegarnos a una visión ajena o para arriesgarnos a construir una opinión propia, para enturbiar nuestro juicio o para afilarlo? ¿Leemos para reproducir las formas sociales existentes o leemos para transformarlas? ¿Leemos para reproducir lo que nos preexistía o para producir algo nuevo? ¿Puede la lectura hacer una y otra cosa al mismo tiempo, puede servir a fines contrapuestos? ¿Tiene un texto el poder de transformar nuestra percepción y, en esa medida, de generar las condiciones necesarias, aunque no suficientes, para transformar la sociedad? (2023).
¿O se debe leer solo para tener una visión monolítica? como, lamentablemente, sucede en el campo de la educación formal en todos sus niveles, cuando la institución o el docente parte de la imposición de un solo libro de texto para todos los alumnos. O, como el caso del político chino Mao Tse-Tung que, con la escritura de su El libro rojo de Mao, emprendió en la mayor campaña de lectura de la historia de la humanidad. “Aquella lectura, -como señala Rodríguez- bajo el pretexto de la toma de conciencia y el desarrollo del pensamiento crítico, ofrecía una visión monolítica y catequizante de un programa de intervención política y uniformizaba las conciencias de sus lectores como pocas veces haya podido suceder a lo largo de la historia del género humano” (2023). La lectura, en este caso, con esta visión monolítica, no permite ninguna reflexión para robustecer nuestra cualidad axiológica, ni crítica desde nuestra libertad de pensamiento, de manera que sea factible la autoconstrucción individual y colectiva.
