Galo Guerrero-Jiménez
No hay circunstancia más agradable que, para conectarnos con la naturaleza, haya que desconectarnos de la realidad virtual, para detener ese frenesí contemporáneo de las pantallas y, por ende, de esa hiperproductividad de la red que nos mantiene apabullados con tanta información, fugaz, algorítmica y de infocracia, para entrar a un nuevo mundo de cristal, como así se llama la hacienda a la cual tuve la oportunidad de visitar en días anteriores, quizá como un gran regalo de Navidad, porque ahí, en ese gran Museo de investigación, de ciencia y cultura que encontré en medio de la naturaleza, se respira tranquilidad, armonía y una asombrosa disposición personal para admirar la naturaleza y lo que el espíritu humano de quienes la cuidan pueden brindar, como un gran regalo, a la otredad, al prójimo que, interesado, curioso y perspicaz acude a observar lo que en ese lugar existe para la exquisitez intelectual y vivamente emotiva de quien tiene la oportunidad de visitar este museo, debidamente montado, adecuado, ordenado y cuidado por su mentor y propietario, el médico veterinario, investigador, académico, nonagenario y gran ser humano, el doctor Gustavo Samaniego Rodríguez.
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