Galo Guerrero-Jiménez
No hay circunstancia más agradable que, para conectarnos con la naturaleza, haya que desconectarnos de la realidad virtual, para detener ese frenesí contemporáneo de las pantallas y, por ende, de esa hiperproductividad de la red que nos mantiene apabullados con tanta información, fugaz, algorítmica y de infocracia, para entrar a un nuevo mundo de cristal, como así se llama la hacienda a la cual tuve la oportunidad de visitar en días anteriores, quizá como un gran regalo de Navidad, porque ahí, en ese gran Museo de investigación, de ciencia y cultura que encontré en medio de la naturaleza, se respira tranquilidad, armonía y una asombrosa disposición personal para admirar la naturaleza y lo que el espíritu humano de quienes la cuidan pueden brindar, como un gran regalo, a la otredad, al prójimo que, interesado, curioso y perspicaz acude a observar lo que en ese lugar existe para la exquisitez intelectual y vivamente emotiva de quien tiene la oportunidad de visitar este museo, debidamente montado, adecuado, ordenado y cuidado por su mentor y propietario, el médico veterinario, investigador, académico, nonagenario y gran ser humano, el doctor Gustavo Samaniego Rodríguez.
En efecto, este emporio de la naturaleza queda a unos 10 kilómetros de la ciudad de Loja; la hacienda colinda con el Parque Nacional Podocarpus y, en un lugar exquisito, amplio, que otrora fuera la casa de hacienda, el doctor Gustavo la convirtió en museo. Aquí consta la memoria gráfica y documentada de su biblioteca personal, llena de libros científicos, culturales, literarios y humanísticos en general, a más de una muy bien ordenada hemeroteca y fototeca musical, pictórica, cultural, académica, familiar y con infinidad de mapas y mostrarios sobre el cultivo de cafetales asociados con especies arbóreas maderables que gráficamente constan en el museo y, por supuesto, fuera de él, en la naturaleza; una superficie terrestre y ecosistémica que está rodeada de toda esta riqueza arbórea, climática, geográfica, fluvial, geológica y paisajística que endulza el alma y el espíritu humano de coloridos ecológicos y de lecturas que, con una aguda observación psico-socio-estético-cognitiva, es posible degustar de la belleza de este ecosistema y de su ambiente abiótico.
Y quizá, lo más significativo de este espacio ecológico, radica en la visión y generosidad de su propietario, no solo porque ha puesto todo su empeño para crear el museo, sino porque están creados los espacios materiales para que los investigadores, científicos, académicos, turistas, docentes y alumnos puedan llevar a cabo estancias para conocer, disfrutar e investigar el ecosistema de esta hacienda, como en efecto, según el testimonio que consta en el museo, acuden a diario investigadores y académicos con sus alumnos de universidades locales, nacionales y del extranjero para, a través de sus estudios, crear ciencia y humanismo, con una herramienta especial: el lenguaje, y quizá al estilo de lo que sostiene el humanista Emilio Lledó:
“Someter las palabras, impedir que la duda las acompañe hasta que lleguemos a entenderlas desde el modesto territorio de nuestra corporeidad, de nuestro gozo y lucha por vivir, de las condiciones reales, humanas” (2022) para pensar, y que hoy, gracias a la formación intelectual de todos los intervinientes en este museo de la vida, actúan bajo una ética de la transparencia académica para ofrecer lo más granado y excelso de su experiencia investigativa en orden a un compromiso con la sociedad y a la educación desde la ciencia; trabajo que lo ejercen de conformidad con la misión que consta escrita en el Museo El Cristal: “Contribuir a la investigación, conservación y difusión de la biodiversidad lojana, así como dejar [constancia de] la memoria personal, familiar, cultural y natural de un territorio de pertenencia dedicado a exponer las identidades más representativas que nos definen, únicas e irrepetibles, respetando las diferencias y en una atmósfera de justicia, reparación y agradecimiento a la naturaleza”.
