La sociedad red y la sociedad lectora

Galo Guerrero-Jiménez

Hoy que, globalmente, estamos viviendo en la era digital de la información y, más concretamente, como señala el filósofo coreano Byung-Chul Han (2022), en un régimen de la información de un capitalismo de la vigilancia que degrada a las personas a la condición de datos y ganado consumidor a través de la tecnología de la información digital, la cual hace de la comunicación un medio de la vigilancia, en donde se percibe que, cuantos más datos generemos, cuanto más intensamente nos comuniquemos, más eficaz será la vigilancia, en especial a través del teléfono móvil, que es el instrumento ideal para explotar la libertad y la comunicación y, ante todo, para generar esa aparente libertad para seleccionar la información, sin que percibamos que, en efecto, nos sintamos vigilados.

Y como es verdad que, hoy todo se nos facilita desde la tecnología de la información digital, a través de “la plataforma de la red de redes puede estar configurándose una nueva estructura social, la sociedad red que permite la interconexión de comunidades virtuales concebida como redes de lazos interpersonales que proporcionan sociabilidad, apoyo, información, un sentimiento de pertenencia y una identidad social” (Pérez Gómez, 2012), en donde la información  circula con libertad; sin embargo, “no son las personas las realmente libres, sino la información. La paradoja de la sociedad de la información es que las personas están atrapadas en la información. Ellas mismas se colocan los grilletes en la información” (Han, 2022), pero no en el conocimiento, porque “el régimen de la información sustituye por completo lo narrativo por lo numérico” (Han), la razón y el discurso por el consumo de la información.

Por lo tanto, estamos en una encrucijada tal que “la digitalización del mundo en que vivimos avanza inexorable. Somete nuestra percepción, nuestra relación con el mundo y nuestra convivencia a un cambio radical. Nos sentimos aturdidos por el frenesí comunicativo e informativo” (Han, 2022), que no nos queda espacio para pensar, reflexionar, cuestionar, sino para aceptar sin más lo que podamos “pescar” como dato, sin que entre en juego nuestra capacidad de raciocinio, puesto que estos medios de comunicación electrónicos destruyen el discurso racional, el argumento, la narración y la cultura axiológica y psico-socio-lingüística que sí poseen, en cambio, los textos, en especial, el libro y el artículo científico y de reflexión.

De ahí que, frente a la posesión de tanta información sin discurso, envolvente,  dataísta, numérica, algorítmica y de “inteligencia” artificial que está determinando de modo decisivo los procesos sociales, económicos, políticos y educativo-culturales, y de los cuales la sociedad red no podrá escaparse, porque la era digital es determinante y, por ende, destructiva de la razón y de la verdad; por lo tanto, se vuelve imperante regresar a la cultura del libro, para encontrarnos con el pensamiento altivo, reflexivo, justo, adecuado, científico, humanístico, filosófico, literario, antropológico, teológico…, experiencial, que el libro lleva en sus entrañas emotivamente.

Pues, como señala Umberto Eco, “ante el libro, buscamos a una persona, una manera individual de ver las cosas. No intentamos solo descifrar, sino que intentamos interpretar también un pensamiento, una intención. Al ir a buscar una intención, se interroga un texto, del que pueden darse, incluso lecturas distintitas” (Eco, 2023).

En efecto, frente a la droga digital que nos vuelve dependientes y adictos, “el libro se convierte hasta tal punto en un símbolo de la verdad que custodia, y que desvela al que sepa interrogarlo, que para zanjar una discusión, afirmar una tesis, derrotar a un adversario, se dice: Está escrito aquí” (Eco, 2023), con lo cual se enfatiza en la credibilidad que el libro siempre conserva.