Por: Sandra Beatriz Ludeña
Jorge Luis Borges en su obra “Elogio de la sombra”, 1969 propone un tema titulado: “Oración”, el que a continuación transcribo, a propósito del año nuevo y que dice así:
“Mi boca ha pronunciado y pronunciará, miles de veces y en los dos idiomas que me son íntimos, el Padre nuestro, pero solo en parte lo entiendo. Esta mañana, la del día primero de julio de 1969, quiero intentar una oración que sea personal, no heredada. Sé que se trata de una empresa que exige una sinceridad más que humana. Es evidente, en primer término, que me está vedado pedir. Pedir que no anochezcan mis ojos, sería una locura; sé de millares de personas que ven y que no son particularmente felices, justas o sabias. El proceso del tiempo es una trama de efectos y de causas, de suerte que pedir cualquier merced, por ínfima que sea, es pedir que se rompa un eslabón de esa trama de hierro, es pedir que ya se haya roto. Nadie merece tal milagro. No puedo suplicar que mis errores me sean perdonados; el perdón es un acto ajeno y solo yo puedo salvarme. El perdón purifica al ofendido, no al ofensor, a quién casi no le concierne. La libertad de mi albedrío es tal vez ilusoria, pero puedo dar o soñar que doy. Puedo dar el coraje, que no tengo; puedo dar la esperanza que no está en mí; puedo enseñar la voluntad de aprender lo que sé apenas o entreveo. Quiero ser recordado menos como poeta que como amigo; que alguien repita una cadencia de Dunbar o de Frost o del hombre que vio en la medianoche el árbol que sangra, la Cruz, y piense que por primera vez la oyó de mis labios. Lo demás no me importa; espero que el olvido no se demore. Desconocemos los designios del universo, pero sabemos que razonar con lucidez y obrar con justicia es ayudar a esos designios, que no nos serán revelados. Quiero morir del todo; quiero morir con este compañero, mi cuerpo”.
Compartir este fragmento que me ha impresionado profundamente, pues, entiendo ahora más de lo que hasta antes no entendía. Porque el perdón libera, porque hay milagros que no se dan. Y aunque no comparto la resignación de Borges, coincido en que existen los designios que trazan nuestra historia, mi madre decía: “No se mueve una hoja de un árbol sin el permiso de Dios”. Y también, “Aunque nos consuele el libre albedrío, la última palabra siempre la tiene el Supremo”.
En un nuevo tiempo, un tiempo de vivir, de asistir a esta aventura maravillosa que la vida es, y mientras haya vida, hay que aprovechar cada instante, seguir luchando por lo justo, decir, hacer, y dar el ejemplo del bien, esto traerá más bien a nuestras vidas. Y para concluir, hago esta mi oración: Quiero que antes de ser solo un recuerdo, ser vida. Quiero, sentirme feliz y hacer feliz a los que me rodean, como si esta fuera el primero y único designio del universo.
