Efraín Borrero E.
El prestigioso médico y escritor colombiano, Haroldo Martínez Pedraza, escribió un hermoso cuento titulado “La Esperanza”, en el que narra que a sus manos llegó la imagen de la famosa escultura de Jacques du Broeucq, arquitecto y escultor de los Países Bajos, uno de los más importantes artistas del Renacimiento, a la que llamó “La Esperanza”.
La escultura representa a una mujer de pies vestida con una larga túnica, a la que Haroldo describe en cada una de sus expresiones corporales, y le da su propia interpretación. Destaca que en el suelo está un ancla de barco.
A partir de esa interpretación, Haroldo Martínez dice textualmente en su cuento: “me metí en la película de preguntar a cuántas personas les interesaría saber de la existencia de esa estatua y lo que representa tener una esperanza. Elaboré rápidamente un estudio de mercadeo para preguntar quiénes estarían dispuestos a adquirir, por un precio módico, una reproducción a pequeña escala de esa estatua…
Cuando pensaba montar un negocio esquinero para el rebusque con las estatuillas, el resultado de la encuesta me dejó en shock: los compradores potenciales no tienen idea de lo que quiere decir la palabra “esperanza”. Sorprendente. Se me vino a pique el negocio, ¿cómo van a comprar una vaina que no conocen?; llevan mucho tiempo en la desesperanza, en el dolor, y no ven futuro. Tengo que inventar una estrategia de venta, aquí hace falta una carreta para explicar el cuento. Enseguida me levanté un diccionario, busqué la definición y escribí en una pancarta: “La esperanza es un estado de ánimo optimista basado en la expectativa de resultados favorables relacionados con eventos o circunstancias de la propia vida o el mundo en su conjunto”.
Lo concluye refiriéndose a la “resiliencia”, que es la capacidad de sobreponerse a la adversidad y salir nuevo y robustecido.
No cabe duda que tan singular cuento tiene una alta significación existencial de la vida, por lo menos para una gran cantidad de seres humanos.
En cuanto a lo del ancla que asoma en aquella escultura, José Carlos Bermejo dice que es el símbolo universal de la esperanza, y que fue usada por los artistas de la zona mediterránea para expresar no solo lo que significa mantener una embarcación fija en el mar, sino como alegoría de la esperanza y de la salvación.
Dice que el ancla era considerada la última salvaguarda del marino en la tempestad, por lo cual se la asociaba con la esperanza, que queda como sostén ante las dificultades de la vida.
A lo largo del tiempo la esperanza ha sido representada e invocada por artistas, pensadores y poetas de diversas maneras, como en el poema el “Brindis del Bohemio” de Guillermo Aguirre y Fierro, popularizado por el declamador Manuel Bernal, en el que brinda “por la esperanza nuestra dulce amiga/ que las penas mitiga y convierte en vergel nuestro camino”; así como en el poema «El arroyo» de Oswaldo Burneo Castillo, donde «Los soñadores perseguimos a los arroyos/ porque van a un mar de añoranzas/ tan grande como las espesuras glaucas/ como los dulces sueños de esperanza».
Aristóteles definió la esperanza como «el sueño del hombre despierto», en el sentido de los anhelos hacia los que corremos y que dan sentido a nuestras vidas. El poeta romano, Publio Ovidio Nasón, expresóque necesitamos esperanza porque es una necesidad ontológica, inscrita en nuestro ser.
En la mitología griega se cuenta que cuando Pandora se casó recibió como regalo de boda una misteriosa tinaja o caja, con instrucciones de no abrirla bajo ningún concepto. Impulsada por la desbordante curiosidad que le otorgaron los dioses, Pandora decidió abrirla para ver qué había dentro. De pronto escaparon de su interior todos los males habidos: enfermedades, sufrimiento, guerras, hambre, envidia, ira, etc. Envuelta en nervios se dio modos para cerrarla apresuradamente, quedando en el fondo Elpis, el espíritu de la esperanza, el único bien que los dioses habían metido en el recipiente o caja.
De esta leyenda mitológica se deriva lo que conocemos como la Caja de Pandora, de la que surgió la expresión: «La esperanza es lo último que se pierde».
El escritor italiano, Giovanni Papini, haciendo alusión a que la palabra esperanza viene de esperar, manifesta que «el ser humano no vive más que por lo que espera. La vida es a menudo una sucesión de esperas: las madres aguardan el nacimiento de sus hijos, los niños anhelan hacerse mayores, los jóvenes encontrar su lugar en la vida; las personas maduras ver crecer a sus hijos; y, los ancianos, una vida tranquila, antesala de un más allá”.
Pero, sobre todo, la esperanza está en la mente y en el espíritu de la gran mayoría de seres humanos, porque “es una de esas palabras que todos amamos en secreto, a pesar de no entender del todo su sentido. Nos gusta pensar que siempre habrá una puerta que se abrirá en el último momentoy nos salvará del dolor o el infortunio”
En la práctica se ha convertido en una cuestión de confianza y optimismo. Muchas culturas creen que el nuevo día trae un nuevo comienzo, lo que hace que el amanecer también sea un símbolo de la esperanza, porque algunas cosas buenas están por llegar. De allí que Thomas Fuller escribió en su libro de viajes, en 1650: “Cuanto más oscura es la noche más cerca está el amanecer”.
En el cristianismo la esperanza es el nombre de una de las tres virtudes teologales, juntamente con la fe y la caridad. En el ámbito político no falta quien diga: fulano de tal es la esperanza del pueblo. Pero también es una opción mágica, sucede así cuando compramos la lotería, el pozo millonario o el lotto, porque tenemos la esperanza de pegarle centro, como popularmente decimos.
La noche del treinta y uno de diciembre despedimos al año viejo de diversas formas y recibimos al nuevo año con los mejores augurios. Así lo expresamos en el abrazo cariñoso y fraterno que dimos a familiares y amigos con los cuales nos reunimos.
En muchos lugares del mundo se recibió al año nuevo con el cielo iluminado por los espectáculos de luces, fuegos artificiales y drones, cada uno más deslumbrante que otro, como en Londres, París, Sidney, Hong Kong, Singapur y Corea del Sur. En varias ciudades del Ecuador, incluyendo Loja, también se iluminó el cielo con juegos pirotécnicos, y en sus habitantes era visible la esperanza por un futuro mejor.
Algunos se dejaron llevar por las cábalas y comieron las doce uvas; otros habían alistado su ropa interior de color rojo para atraer el amor, y de color amarillo para la buena suerte. No faltaron quienes dieron la vuelta a la manzana con maleta para que se les presente la oportunidad de viajar. Los más convencidos comieron tres cucharadas de lentejas cocinadas, sin sal, porque representan la abundancia y prosperidad económica.
En cada uno de esos abrazos, palabras, pensamientos, espectáculos, creencias y cábalas está intrínsecamente la esperanza, porque es nuestra fiel compañera y constituye un valor importante y necesario en la vida de todo ser humano.
Hace algunos años leí un artículo en Diario El Comercio titulado “Año nuevo, una esperanza boba”. El autor, cuyo nombre no recuerdo, manifestaba que ese día primero de enero es uno más dentro del calendario gregoriano, considerado como oficial a nivel global, y que la vida seguirá su curso tal como ha ocurrido hasta el treinta y uno de diciembre que en ese entonces acababa de concluir.
Evidentemente que me sorprendido el titular del artículo, porque en mis convicciones está el valor que representa el estado de ánimo que me confiere la esperanza, sea por mejores días; por el bienestar personal y el de mi familia; por mejores y mayores objetivos, y para tener la fortaleza suficiente capaz de vencer las adversidades.
Con ese optimismo recibí el año 2024 y no concibo que sea un mero cambio numérico del calendario, porque atesoro la esperanza como una joya preciosa, que es la que me alienta para continuar caminando en el último tramo de mi vida; la que fortalece mi anhelo para que la paz social conviva con nosotros cuanto antes; y, la que me motiva para seguir disfrutando el placer de relatar vivencias, personajes, anécdotas e historias de mi Loja querida.
