¿DÓNDE VIVES…?

P. Milko René Torres Ordóñez

“La duda es una compañera de camino”, escribió Remei Margarit, periodista y psicóloga nacida en Barcelona, en un artículo que publicó en La Vanguardia hace un tiempo. La persona que duda es un ser con sabiduría, atenta y despierta ante la realidad que bulle en su corazón y en su mente.

Argumenta Margarit que “uno de los valores de la duda es la modestia, la prudencia en la apreciación de las cosas, la moderación de las actitudes”. La vida sin el beneficio de la duda nos priva de la posibilidad de seguir el camino que nos adentra en el trayecto hacia un lugar en el que existen tesoros ocultos. La duda es conocimiento y descubrimiento. En la Sagrada Escritura las dudas conviven con las preguntas. Este recurso exegético permite que el texto inspirado mantenga brillo en su profundidad y vigencia a lo largo de los siglos. Uno de los autores del Nuevo Testamento que destaca el valor de la duda es San Juan, en el cuarto evangelio. En la primera parte de su obra, al que los estudiosos la han definido como “El libro de los signos”, subyace la pregunta nuclear que gira en torno a la persona del Verbo hecho carne, que puso su morada en nosotros: ¿Quién es Jesús? Juan la complementa con otras. Destaco una: ¿Cómo acercarnos para conocerlo? Las huellas que dibuja Jesús en el cruce de los caminos por los que transita no pasan desapercibidas. Juan el Bautista, después de fijar sus ojos en Él, exclamó: “Este es el Cordero de Dios”. Un título cristológico con un contenido profundamente transformante. Las dudas que provocan esta afirmación despiertan en Jesús la pregunta directa a sus interlocutores: “¿Qué buscan?” En la dialéctica del encuentro, como consecuencia del deseo de un compromiso para hacer vida con el Cordero, surge el nexo que sellará una relación íntima de amor, servicio, testimonio que va a continuar viva siempre. “¿Dónde vives, Rabí?”. Esta palabra significa: “Mi Señor”. Un concepto que nos introduce en la intención cristológica del autor del cuarto evangelio.

Jesús, más que un “Maestro”, acerca al hombre a Dios, con el “Abba”, expresión de un auténtico afecto filial. Jesús, maestro en decodificar la duda, quiere despertar en los inquietos seguidores firmeza y seguridad. La invitación que envía Jesús debe llegar a su corazón. El contacto con Él, lejos del sentimentalismo natural, tiene cadenas de radicalidad. Con Él y en Él no existen condicionamientos. El que lo sigue y mira hacia atrás no merece ser su discípulo. La implicación contundente que puede echar por tierra todo interés que no corresponda a un propósito auténtico la escuchamos de sus labios: “Vengan a ver…”. Juan señala: “Fueron, pues, vieron donde vivía y se quedaron con Él ese día”. El día y la hora de aquel momento no se pueden encuadrar en cualquier tiempo. El de Dios es infinito. Total. Los expertos lo catalogan como “Kairós”. Una palabra de origen griego que determina el tiempo oportuno, el de Dios. No es secuencial, como en los parámetros humanos. La duda en la búsqueda de un encuentro extraño nos lleva al amor eterno. Según la dinámica del texto joánico asumimos la duda salvadora.