El baúl de los recuerdos: José María Vivar Castro: mi maestro ilustre

Efraín Borrero E.

El 06 de enero pasado viajamos a Saraguro para disfrutar la maravillosa fiesta de los Reyes Magos o popularmente conocida como de los Marcantaytas. Junto con mis hermanas fuimos motivados por Carlos Alfredo Torres Montesinos, oriundo de esa tierra encantadora y mágica a la que quiere entrañablemente.  

En el parque central, frente a la Iglesia Matriz San Pedro de Saraguro, Carlos Alfredo nos esperaba con unos bancos para observar confortablemente el espectáculo multicolor. Había que esperar que concluya la eucaristía ya que la religiosidad en el pueblo Saraguro está profundamente arraigada.   

Con su singular afabilidad habló apasionadamente de su llacta, como haber preparado un libreto turístico. Dijo que aquella iglesia, cuya construcción tomó 20 años, entre 1943 y 1963, es uno de los íconos de ese cantón, caracterizada por su fachada monocromática y el estilo gótico en su arquitectura; trabajada con piedra, muros de tapia y arena; columnas de cal y ladrillo, y tumbado de romerillo y cedro.

Explicó que esa festividad se realiza desde hace 200 años con el protagonismo de personajes ancestrales andinos, como los wikis, sarawis; el oso, el león, el tigre, los kari sarawi, los ushcos y otros más, quienes avivan el encuentro con danzas, música y fuegos artificiales.

Destacó que los Marcantaytas y las Marcamamas, o priostes de la fiesta, encabezan una procesión por las diferentes comunidades hasta la iglesia, llevando la imagen del Niño Jesús.

Mientras Carlos Alfredo conversaba con entusiasmo, el parque se copaba de mujeres ataviadas con sus mejores galas y finas joyas de plata. Algunas jóvenes exhibían su donaire y belleza.

Culminada la misa, la banda musical ubicada al pie de la iglesia dio inicio a la desbordante alegría del festival y a la procesión que debía recorrer algunas calles de la ciudad. Todo ocurrió al pie de la letra y en la forma como elocuentemente había explicado Carlos Alfredo. Realmente es un espectáculo impresionante del que los habitantes de la capital provincial poco o nada sabemos y menos haberlo vivido.

Nuestro anfitrión nos condujo al Restaurante Tupay Pacha, en el mismo parque central, donde ofrecen comida de primera. En Saraguro hay varios restaurantes de calidad. Su gente, además de trabajadora es visionaria y emprendedora.

Después de habernos deleitado con el sabor de exquisitos platos y bebidas, Carlos Alfredo comentó sobre diversos sitios turísticos que en algún momento debemos visitar, y se refirió a un gran número de prominentes personajes de Saraguro, haciendo hincapié en su meritoria trayectoria, muchos de los cuales han ejercido importantes funciones a nivel provincial y nacional.

Cuando abordó el tema de la educación exaltó el nombre de Celina Felicidad Vivar Espinosa, una mujer que se distinguió por el amor a sus semejantes y por sus obras en bien de la comunidad. Gracias a su filantropía y con el apoyo de la orden de los Padres Franciscanos, promovió la educación en beneficio de la niñez y juventud de Saraguro.

Resaltó que Celina Felicidad fue hermana de Víctor Vivar Espinosa, quien ejerció la Presidencia de la Corte Superior de Justicia de Loja, y contrajo matrimonio con Mariana de Jesús Castro Zabaleta, en cuyo hogar nació José María Vivar Castro, el 23 de agosto de 1922, en la ciudad de Loja, siendo el quinto de una larga familia compuesta de diez hermanos.

La mención que hizo Carlos Alfredo me emocionó porque José María Vivar Castro fue uno de mis ilustres maestros en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Nacional de Loja, a quien recuerdo con admiración y afecto, tanto por su trayectoria de vida cuanto por la maravillosa familia que formó con su amada esposa, la respetable y virtuosa dama, Inés Bermeo Castillo.  

Jorge Hugo Rengel, connotado profesional y escritor lojano, escribió: “José María Vivar Castro representa entre nosotros esa categoría de hombres superiores que se entregan sin vacilación al ideal del sentimiento, que son capaces de renunciar a los menguados egoísmos para elevar la vida en vuelo de sublimación”.

En efecto, la brillante trayectoria de José María Vivar Castro corrobora el aserto de Jorge Hugo Rengel, porque además de su capacidad profesional como abogado; su lucida inteligencia e intelectualidad; la responsabilidad para el ejercicio de las funciones que se le encomendaron, y la inclinación natural para dedicarse a la actividad de enseñar a la juventud con entusiasmo, compromiso y dedicación, estaba su ser enriquecido de valores, que hizo de la honestidad y la moral un baluarte de principios.

Precisamente, cuando fue profesor auxiliar de Filosofía e Historia en el Colegio Bernardo Valdivieso, durante el rectorado de Maximiliano Witt, publicó en la prestigiosa revista de ese establecimiento, en el período 1945-1946, su destacado artículo “La verdadera fundamentación intrínseca de la moral”, cuyo contenido tiene plena vigencia. Dice al respecto: “En el estado actual, en el que, a consecuencia de un sinnúmero de causas, hay carencia casi absoluta de valores morales, pudiendo muy bien afirmarse que atravesamos por una tremenda crisis de moralidad, es necesario que, por todos los medios posibles, se ponga en claro los principios morales y el verdadero concepto de responsabilidad de los actos individuales”.

Reinaldo Valarezo García comenta que la vasta labor intelectual de José María Vivar Castro continuó en 1947, cuando colaboró en el periódico Mediodía y editó el folleto Solución al Problema del Indio. Posteriormente fue redactor del primer diario que tuvo Loja: La Opinión del Sur”.

Por su tesis de grado para optar el título de Abogado de los Tribunales de la República, titulada “Estudios económicos sociales del Ecuador: Reforma Agraria”, que luego fuera aumentada y corregida, fue considerado uno de los pioneros en los estudios de economía agraria en el Ecuador.

En 1954 fundó y dirigió la revista literaria Nueva Era de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo de Loja, de contenido científico y social. Pocos años más tarde dio a la imprenta dos textos sobre Historia del Derecho y Filosofía del Derecho para uso de sus alumnos; y, enriqueciendo la bibliografía agraria del país, fundó y dirigió el interdiario Panorama.

Formó parte del Núcleo de Loja del Instituto Indigenista Ecuatoriano fundado por Pío Jaramillo Alvarado, y entre 1962 y 1963 desempeñó la presidencia de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo de Loja.

Cuando José María Vivar Castro fue elegido rector de la Universidad Nacional de Loja para un período de cuatro años, el 29 de febrero de 1971, la aceptación ciudadana fue generalizada, y quienes lo conocimos cercanamente consideramos que tal elección era muy meritoria. En 1975 fue reelegido para un período igual, hasta el 29 de marzo de 1979.

Su fecunda obra frente al rectorado del Alma Mater fue evidente, así como el posicionamiento y renombre institucional alcanzados. La continuación de obras físicas pendientes y la construcción de edificios en el campus universitario tuvo un interés prioritario.

La irrestricta defensa de la autonomía universitaria y el respeto a su institucionalidad, vulnerados por las dictaduras que se habían sucedido, fueron parte de sus nobles propósitos y convicciones.

Promovió las relaciones con universidades de varios países, y por su prestigio académico ostentó el honor de ser el primer presidente de la Asociación Ecuatoriana de Universidades y Escuelas Politécnicas, fundada en 1976.

La creación de varias Escuelas, como las de Servicio Social; Ingeniería Forestal e Ingeniería Agrícola, y de Administración Pública y Auditoría; así como las carreras de Psicología Educativa y Enfermería, son logros de una gestión visionaria. No menos importante fue la creación del Instituto de Criminología.

Posteriormente se desempeñó como director regional de la Contraloría, durante cinco años, haciendo gala de conocimientos en Administración Pública y Control del Gasto Público.

Por decisión popular y democrática fue elegido prefecto provincial de Loja para el período 1988-1992.

Es decir, se trata de una vida proficua y ejemplar que mereció el reconocimiento de la Ilustre Municipalidad al designarlo Mejor Ciudadano de Loja, y posteriormente perennizar su nombre en una de las calles de nuestra ciudad. No obstante, el mayor reconocimiento al gentil hombre e ilustre ciudadano, José María Vivar Castro, está en el afecto, admiración y gratitud que perdura en el sentimiento y recuerdo de los lojanos.