Santiago Armijos Valdivieso
Hace poco hice un viaje familiar a nuestra provincia, cuyo principal objeto fue conocer y zambullirme en las frescas aguas del sitio “Pailas Rotas”, un gran trozo de río con paisajes rocosos que llevan a la prehistoria. Confieso con encogimiento que no lo había conocido por falta de oportunidad y dejadez imperdonable.
El periplo tuvo su primera parada en la ciudad de Catamayo, luego de transitar 34 kilómetros de un feroz atoramiento vehicular desde la ciudad de Loja. En esta parte, siempre habrá que lamentar el olvido gubernamental, tanto nacional como local, de la construcción de dos carriles adicionales en esta congestionada arteria vial, pero mejor regresemos al relato del viaje para no contrariarnos.
Un reforzado desayuno sació el estómago. Lo saboreé en el restaurante “Bachita 2”. Consistió en un delicioso “tigrillo”, preparado a base de plátano y queso, empujado por una generosa taza de humeante café, tan necesario para encender las pupilas, activar el cerebro y apretar el acelerador de las emociones.
Rumbo a “Pailas Rotas”, el paisaje que ofrece la vía nunca deja de ser hermoso: verdes planicies con caña en el valle de Catamayo y enigmáticas y voluminosas montañas al salir de este.
Al ingresar a Gonzanamá, luego de movilizarnos por 28 kilómetros de carretera decente, fue placentero ver una importante cantidad de personas que caminaban por las calles de esta cabecera cantonal, en un ambiente de tradición y devoción por ser el 02 de noviembre, Día de los Difuntos. Muchos se acercaban a sitios de venta de coronas fúnebres y velas para seguir con la justa tradición de honrar y recordar a los que se fueron. Luego de recorrer una bonita, limpia y pequeña ciudad, que se encendía de movimiento por la fe, seguimos rumbo al paraje de “Pailas Rotas”, ubicado exactamente en la parroquia Changaimina, sector Trigopamba del Barrio Puerto Bolívar, a unos veinte minutos desde Gonzanamá. Al tratarse de un balneario fluvial tuvimos que desviarnos de la carretera principal, que lleva a Cariamanga, para bajar y bajar hasta la ribera del río. El vehículo llegó hasta unos dos kilómetros antes del lugar y quedó estacionado en una propiedad privada que hace las veces de parqueadero público, a cambio de pagar un dólar de posada. Desde ahí la aventura debe continuarse a pie. Luego de atravesar una quebrada sobre un par de largas guaduas acostadas y caminar por unas extensas invernas, llenas de ganado bovino bien cuidado, que limitan con plantaciones de tomate, llegamos al precioso sitio, cuya primera impresión se estampa en la retina del visitante y los oídos se relajan con el fresco rumor del agua que empeñosamente busca seguir el cauce por entre cientos de rocas esculpidas por el milenario paso del tiempo. A pesar de la testarudez del agua de continuar su camino, las rocas se empeñan en atraparla en hermosas hondonadas que invitan al baño bienhechor, refrescante y reparador, en el que se fusiona el ser humano con la naturaleza como un todo. Aunque, en el día que me sumergí, el caudal era mediano, la experiencia fue un placer que incitaba sentirlo por varias horas. ¡Qué frescura! ¡Qué satisfacción! ¡Qué maravilla!
Frente a ese mágico refugio, de aguas reconfortantes y piedras enigmáticas de rostro majestuoso, se levantan pequeñas casetas turísticas, atendidas por amables y sencillos lugareños, quienes, ofrecen al visitante información precisa del lugar, vestidores, algo de alimentación y uno que otro implemento (sogas, cabos, arneses) para aprovechar de mejor forma los hondos de agua del río. Junto a mi familia contratamos vestidor y un cabo. También pedimos miel con el exquisito quesillo que dan las extraordinarias vacas del lugar. Al disfrute de las aguas se sumó una divertida caminata por los rebeldes bordes del río que, a pesar de los obstáculos que presentaban, conducen a increíbles paisajes en los que converge el líquido vital, la vida misma y los enigmas de la tierra y de las piedras. Al retornar al improvisado parqueadero, y luego de experimentar un coctel de sensaciones inolvidables, fue muy grato encontrarnos con amigos de Loja, quienes, al igual que mi familia, estaban dispuestos a valorar y aprovechar los encantos de la provincia. El paseo se completó con un delicioso almuerzo de comida típica en la ciudad de Gonzanamá (Restaurante Mesón Andaluz). Unos pedimos estofado de gallina criolla con sopa de alverjas con guineo. Otros se sirvieron cecina, yuca y repe. Queda confirmadísimo que la comida lojana es exquisita y una de las mejores del país.
Definitivamente fue un hermoso y sencillo viaje a poca distancia de Loja. De ahí la importancia de tener siempre presente, como alternativa turística prioritaria, el encanto de nuestra provincia.
Así mismo, qué bueno sería que los gobiernos seccionales lojanos promocionen y den a conocer de mejor forma y continuamente, ahora que existen tantos canales digitales de comunicación, al resto del país y al mundo, rincones maravillosos como este, que existen en gran número en la geografía lojana.
