El sentimiento lingüístico de los escribales electronales

Galo Guerrero-Jiménez

Con la masificación de las tecnologías virtualizadas en todas las culturas y sociedades del planeta, la escritura alfabética que adquirió su mayor relevancia con la tecnología de la imprenta, hoy está siendo socavada con las nuevas formas de escritura que devino a considerarse como escribalidad; por lo tanto, ambas categorías: la escritura alfabética y la escribalidad compiten, especialmente, en el campo de la educación escolarizada, e incluso en la vida universitaria.

Lo preocupante de esta situación, es decir, el terreno que está ganando la escribalidad con estos nuevos códigos de alfabetización digital, tanto en el habla electrónica que configura un discurso sin fin, a veces sin ton ni son, y la escritura electrónica que trabaja alterando el sentido gramatical de las palabras en un enunciado: evanesciendo las vocales e incorporando otros signos gráficos que provocan otros modos de producir sentido y que, para ellos, por supuesto, es muy práctico, efectivo y muy entendible entre contertulios.

Sin embargo, estas posiciones cognitivo-lingüísticas, según los especialistas en neurolingüística, sostienen que, el funcionamiento del cerebro, dada su plasticidad, está cambiando paulatinamente por la influencia tenaz de las nuevas tecnologías de información electrónica; pues,  al apoderase de la psique del internauta, se está conformando una “psico electrónica”, dada esta escribalidad electronal que se viene consolidando en este reino de información digitalizada, apabullante y que se hace pasar por libertaria.

Este comportamiento escribal, según Biondi Shaw y Zapata Saldaña, nos lleva a plantearnos el siguiente interrogante: “Qué es lo que está produciendo este cambio? A nuestro juicio, la electrónica. Los lenguajes de la televisión y de la informática parece que cumplieran con mayor eficacia para los hablantes la función de objetivar, y así, esos hablantes -a partir de su ‘sentimiento lingüístico’- se sienten libres de la obligación de objetivar, propiciándose una mayor expresividad y una mayor apelación en el uso de los instrumentos lingüísticos” (2019).

En efecto, según esta posición de los investigadores antes descritos, nos encontramos “ante un cambio en la función representativa del lenguaje. Un cambio consistente en que el ello objetivado nos ha sido enajenado culturalmente. Para bien o para mal. El sentimiento lingüístico de los hablantes comunes pareciese no interesarse en definiciones absolutas y fuera de contexto” (2019); por eso, el comportamiento que asumen en el aula, en especial los niños y los jóvenes, es de rechazo a la objetividad pura, al rigor y al punto de vista indiscutible de las reglas del lenguaje que, por lo regular, frente al punto de vista autoritario de los adultos mayores, los lleva a reprimir su expresividad.

En todo caso, la digitalización encaminada al extremo de un posicionamiento escribal y electronal, nos está llevando a una crisis de la psique y del pensamiento vivamente reflexivo en el campo de la educación y de la democracia; así lo señala Byung-Chul Han: “Hoy, el mundo se vacía de cosas y se llena de una información tan inquietante como esas voces sin cuerpo. La digitalización desmaterializa y descorporeiza el mundo. También suprime los recuerdos. En lugar de guardar recuerdos, almacena inmensas cantidades de datos. (…) Nos acostumbramos a percibir la realidad como fuente de estímulos, de sorpresas. Como cazadores de información, nos volvemos ciegos para las cosas silenciosas, discretas, incluidas las habituales, las menudas o las comunes, que no nos estimulan, pero nos anclan en el ser” (2022), tal como lo experimenta Alfredo Noriega, cuando señala que la lectura de “un libro es bueno cuando nos hace vivir o revivir una experiencia, cuando trasmite una emoción, cuando nos saca de nuestras certezas” (2024) tan vivificantes cuando hacemos un paréntesis para no dejarnos absorber por el orden digital que, como producto de la electronalidad, nos anula el ser.