Efraín Borrero E.
A finales del siglo pasado se organizó dos actos magnos en el Salón del Pleno del entonces Congreso Nacional, a fin de rendir merecido tributo de admiración y reconocimiento post mortem a los ilustres lojanos: Segundo Cueva Celi y Deifilia Matilde Inés Hidalgo Navarro.
Tuve la dicha de colaborar con todo mi empeño para que esos actos, organizados en diferentes fechas, revistan la más alta solemnidad y categoría acorde con la prestancia y distinción de tan egregios personajes.
En cada homenaje el Salón del Pleno se copó con la presencia de diputados, familiares, invitados, periodistas y público en general. María Cueva Espinosa y Gonzalo Enrique Procel Hidalgo recibieron la Condecoración “Vicente Rocafuerte” en representación de sus familiares, la mayor distinción otorgada por el legislativo ecuatoriano a personas que se han destacado en actividades políticas, culturales, educativas, empresariales, económicas, científicas, investigativas, laborales, sociales y deportivas.
A raíz del mencionado homenaje, el Congreso Nacional decidió crear la “Condecoración Asamblea Nacional de la República del Ecuador, Dra. Matilde Hidalgo de Procel”, a fin de que sea destinada a galardonar a las mujeres, dejando para los hombres la existente condecoración “Vicente Rocafuerte”.
Con el tiempo otras entidades también instituyeron galardones y premios con el nombre de Matilde Hidalgo, como la Municipalidad de Machala, la Senescyt y la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo de Loja, todas ellas destinadas a reconocer la valía de mujeres destacadas.
Para Matilde Hidalgo, la condecoración post mortem otorgada por el Congreso Nacional fue una más de las decenas de preseas y distinciones con las que se reconoció su ejemplar vida, desde cuando en 1916 el Grupo de Escritores Azuayos le otorgó la «Tarjeta de Oro “Al Mérito”.
A escala nacional, la Presidencia de la República, instituciones públicas y privadas, gobiernos autónomos descentralizados, universidades, sociedades de médicos, organizaciones clasistas y asociaciones nacionales, la han colmado de honores y erigido su nombre a lo más alto de la gloria.
A nivel internacional, la Organización de Estados Americanos a través de la Comisión Interamericana de Mujeres, le rindió homenaje póstumo, y la Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi), con sede en Uruguay, integrada por delegados de toda América Latina con rango de embajadores, decidió inmortalizarla con un busto ubicado en el hemiciclo de esa organización, representando de esa forma la primera incorporación de una mujer en el “Paseo de los Ilustres”.
En su honor se han denominado diferentes calles de las ciudades de Guayaquil, Cuenca, Quito y Loja; un Hospital Maternidad en Guayaquil; la Biblioteca del Centro Múltiple de Estudios de la Senescyt en Guayaquil, y otras designaciones más.
En la ciudad de Loja su nombre está perennizado en una Unidad Educativa; en el busto levantado en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Loja; en el Centro de Acción Social de la Prefectura de Loja; en el edificio institucional de la Prefectura Provincial adquirido durante la gestión de Rodrigo Vivar Bermeo: y, en el Museo de la Municipalidad del Cantón destinado a conocer aspectos de su relevante trayectoria de vida.
Hace algunos días, el Banco Central del Ecuador lanzó nuevas monedas fraccionarias con rostros de personajes históricos de Ecuador, entre los cuales constan dos ilustres lojanos: Isidro Ayora Cueva, médico, político y expresidente de la República que propició la mayor revolución institucional del país, y Matilde Hidalgo Navarro, la mujer que rompió barreras académicas y sociales y luchó por el respeto y reivindicación de los derechos de las mujeres, venciendo esquemas de desigualdad y discriminación.
Resulta una grata y significativa coincidencia, porque Isidro Ayora apoyó incondicionalmente a Matilde Hidalgo en su afán de superación, especialmente cuando se trató de reclamar su puesto en el internado del Hospital San Juan de Dios de Quito, logrado a través de un concurso que ella mismo exigió para que todos los estudiantes tengan igualdad y oportunidad.
Refiriéndose a ese momento aberrante, la destacada escritora e historiadora guayaquileña, Jenny Estrada Ruiz, constituida en importante biógrafa de la distinguida lojana, dice que una vez que Matilde Hidalgo obtuvo la aprobación, en virtud del mencionado concurso, fue asignada a la Sala de Hombres del Hospital San Juan de Dios. Al presentarse ante el profesor director de Sala, “éste la despide diciéndole: “¡Yo no trabajo con mujeres! Vaya usted a aprender su papel de ama de casa y madre de familia y déjese de andar metida en asuntos que sólo incumben a los hombres”.
La actitud despótica de ese director no sorprendió a Matilde, porque ella había sufrido lo indecible desde su temprana adolescencia, soportando los golpes de la ignominia ante los cuales jamás se rindió, por el solo hecho de haberse inscrito en el Colegio Bernardo Valdivieso, en el que efectivamente estudiaban únicamente varones.
La hostil arremetida que desataron ciertos círculos sociales de la ciudad de Loja contra su dignidad fue implacable. No faltaron algunos padres de familia que le arrojaban orinas de bacinilla cuando ella se trasladaba desde su domicilio al colegio, como refiere la Columna de la Historia Lojana del Archivo Histórico Municipal.
Las Hermanas de la Caridad también se hicieron eco del descomunal bullying que se perpetró en contra de Matilde Hidalgo, y de quienes a su paso cerraban puertas y ventanas como muestra de desprecio, a lo que se sumaba la prohibición de ciertos padres de familia para que sus hijas tengan trato alguno con esa “loca endemoniada”, como apunta Jenny Estrada, agregando que la madre de Matilde tuvo que enfrentarse al clero que amenazó a su hija con excomulgarla.
Cuando cursó los estudios en la Universidad del Azuay en Cuenca, cuyo rector le abrió las puertas fraternalmente, también fue víctima de acoso por parte de sus compañeros. Sin embargo, cuando logró el título de Licenciada en Medicina con todos los honores, como también ocurrió en el Colegio Bernardo Valdivieso cuando su grado de bachiller, sus compañeros la abrazaron y felicitaron como tratando de cerrar una sangrante herida que ellos y la sociedad habían abierto con maldad y vileza.
Posteriormente ingresó a la Universidad Central en Quito para alcanzar el título de Doctora en Medicina con las máximas calificaciones, hecho ocurrido el 21 de noviembre de 1921, día en que se erigió victoriosa derrotando con decisión, convicción y valentía los contratiempos que uno a uno se le habían presentado.
Precisamente, conmemorando la fecha de su graduación como Doctora en Medicina, el gigante de internet: Google, dio una sorpresa al mundo el 21 de noviembre de 2019, con una representación gráfica de Matilde Hidalgo en su logotipo, rindiéndole homenaje y honrando su fructífero legado.
En el comunicado empresarial, Google destaca: “inspirando a su natal Ecuador a convertirse en el primer Estado latinoamericano en otorgar sufragio a todas las mujeres, esta pionera por los derechos de las mujeres se estrelló contra los techos de vidrio durante toda su vida”.
Efectivamente, cuando Matilde Hidalgo alcanzó el logro de ejercer su derecho al voto en las elecciones de senadores y diputados en 1924, durante la presidencia de José Luis Tamayo, endosó al Estado ecuatoriano el privilegio de ser el primer país en América Latina en reconocer y consagrar el voto femenino en elecciones universales a nivel nacional.
Esa fue la dimensión de Matilde Hidalgo en su otra faceta de vida: la de una férrea activista que luchó con reciedumbre por los derechos de la mujer ecuatoriana y envolvió de prestigio al Ecuador.
En ese accionar no estuvo sola, contó con el incondicional apoyo y asesoramiento de su esposo Fernando Procel Lafebre, un prestigioso abogado zarumeño a quien conoció en su juventud y que tiempo después fue el primer Presidente de la Corte Superior de Justicia de El Oro. También tuvo el respaldo de mujeres valientes y de aventajada condición intelectual que simultáneamente desafiaban el machismo del siglo XX en sus países natales.
Todo comenzó el 10 de mayo de 1924 cuando Matilde se acercó para inscribirse en los registros electorales de Machala, ciudad que por entonces era el lugar de su residencia familiar, a fin de participar en los próximos comicios electorales, pero le impidieron ese derecho aduciendo que era mujer. Ella protestó asegurando que la constitución no especificaba el género para ejercer el voto, y que el único requisito era que la persona sepa leer y escribir y ser mayor de 21 años.
Fernando Procel, adherido incondicionalmente a la causa de su maravillosa esposa, elaboró un alegato para impugnar tal negativa sustentándolo con fundamentos constitucionales e inspirado en lo que decía Marco Tulio Cicerón, célebre orador romano: «Allí donde el poder se manifiesta, no falta la resistencia ni quien domina las artes de la persuasión y el conocimiento de la Ley».
El reclamo fue conocido por altas instancias del Estado ecuatoriano: Ministerio de Gobierno, Congreso Nacional y por el Honorable Consejo de Estado, que en sesión del 9 de junio de 1924 resolvió por unanimidad que las mujeres ecuatorianas gozaban del derecho de elegir y ser elegidas, haciendo posible el ferviente anhelo de Matilde.
Diario El Universo recogió el acontecimiento y exaltó la trayectoria de Matilde Hidalgo calificándola como «una de nuestras cumbres más elevadas en la cordillera de la mentalidad femenina del Ecuador».
Recordando esa fecha histórica, la Asamblea Nacional declaró el 9 de junio de cada año como Día Nacional del Voto Femenino.
Matilde Hidalgo jamás guardó rencores. Por el académico Amílcar Tapia Tamayo, conozco una hermosa anécdota. Dice que apenas graduada, Matilde decidió regresar a su querida Loja e instaló un consultorio médico destinado a atender especialmente a gente de bajos recursos económicos. Una señora de apellido Armijos, que cuando era joven no cesaba en atormentarla con insultos y groserías por estudiar en colegio de varones, vivía sola y abandonada por sus hijos, por lo que sufría de varias enfermedades. Cuando fue al consultorio de Matilde ella la recibió con suma amabilidad y calidez, provocando que la señora llorara entre sollozos y pida perdón, a lo que Matilde respondió: “La educación y el amor lo dispensan todo. Si no hubiese sido por sus ofensas, tal vez nunca me hubiese graduado de médica. Sus palabras, lejos de hacerme daño, me daban fuerzas para seguir adelante”.
Esa fue la insigne y prolífica lojana Matilde Hidalgo de Procel, una mujer sensible y con gran fuerza humana; solidaria con los más necesitados; enriquecida con valores morales; valiente y decidida frente a los infortunios ante los cuales jamás se arredró; luchadora infatigable por los derechos de la mujer; intelectual dotada de exquisita expresión poética, y profesional brillante que desempeñó a cabalidad varias funciones y dignidades.
Por ese caudal de méritos y otros más, Jenny Estrada la llamó acertadamente “Una Mujer Total”, a la que los lojanos debemos recordar con orgullo y llevarla entrañablemente en el corazón.
