75 años de un sitio gastronómico especial

Santiago Armijos Valdivieso

Cada ciudad guarda sitios gastronómicos especiales que las hace únicas. No hace falta que sean lujosos, elegantes, ostentosos o enormes. Lo importante es que ofrezcan delicias únicas e inolvidables, que permitan el placer del buen sabor, que sean atendidos con amabilidad, que estimulen los buenos ratos con familiares y amigos y, especialmente, que alcancen la satisfacción de quienes los visitan para hacerlos parte de su tradición culinaria. Este es el caso de la Picantería 10 de Agosto que, desde hace 75 años, ofrece exquisitas patitas de cerdo emborrajadas con llapingachos de papa y salsa de tomate de árbol con ají.

El génesis de este especial sitio de comida lojana se remonta a finales de los años cuarenta del siglo pasado, cuando la señora Zoila Inés Carrión decidió abrir un pequeño salón de comida en la convergencia de la calle Bolívar con la calle José Antonio Eguiguren, centro de la ciudad de Loja. A decir de su nieta, Krupscaya, la intención de su abuela habría sido ofrecer un tipo de comida diferente a los deliciosos alimentos tradicionales que se consumían en nuestra urbe, motivada por alguna buena experiencia culinaria que tuvo en la ciudad de Guayaquil en la que, como todo puerto, se intensifica la influencia de costumbres de diversos rincones del mundo.

Pues bien, no solo que Zoila Inés logró su propósito, sino que lo mejoró y desde el primer momento lo convirtió en un manjar que se abrió sitio entre la comida lojana para quedarse por mucho tiempo. Tal es así que, a su fallecimiento, esa habilidad insuperable de preparar exquisitas patitas de cerdo emborrajadas fue transmitido a su hija Zoila Amada Araujo Carrión, quien, al hacer crecer el negocio, finalmente trasladó el salón inicial a un local propio, ubicado en la calle 10 de Agosto entre Olmedo y Juan José Peña, en donde actualmente se sigue atendiendo, pero con el nombre de “Las Patitas”, a cargo de la tercera generación familiar: Ana Mirela Valarezo Araujo y Krupscaya Ayala. Ellas, con la misma receta de su abuela y de su madre, continúan preparando el manjar, para regocijo de todos quienes somos sus leales y satisfechos clientes.

El sabor y la preferencia del plato es tal, que hace unos años la picantería fue invitada a formar parte de un concurso de mejores huecas de comida ecuatoriana y, aunque no logró participar por dificultades operativas para trasladarse a la ciudad de Quito, el extraordinario potaje, gracias a la excelente impresión que dejó en el paladar de los organizadores que visitaron el local en Loja, fue señalado como delicia ecuatoriana destacada, con reportaje incluido, en las páginas de la revista turística Abordo, que publicaba la extinta aerolínea Tame, lo cual, fue una importante oportunidad para darla a conocer en todo el país.

Particularmente, he visitado el lugar desde mi niñez junto a mis familiares, quienes, al igual que muchos de los amables lectores de esta columna, han disfrutado y siguen disfrutando de las delicias que se ofrece en tan singular y sencillo salón de comida. En la actualidad persisto en frecuentarlo junto a mis amigos, con el mismo entusiasmo y placer de antaño. Las actuales dueñas del lugar, Mirela y Krupskaya, siempre reciben con cortesía y buena voluntad a quien llega a darse un gustito de sabor y, aunque el menú ofrecido se extiende a deliciosas opciones como cecina o caldo de gallina criolla con yuca, de contextura tipo algodón, los cientos de clientes prefieren, mayoritariamente, la insuperable patita de cerdo emborrajada con llapingacho de papa para saborearla con felicidad, en medio de reconfortantes tertulias entre amigos, con quienes se coincide en la predilección por la comida de nuestra tierra, que tanto ha marcado nuestros gustos alimenticios.

Como toda delicia necesita de un maridaje para saborearla doblemente y así expandir el sabor, a las patitas de cerdo hay que embadurnarlas en salsa picosa de tomate de árbol que se ofrece. Si a todo esto lo empujamos con chicha de maíz del local, nuestra garganta quedará más fresca y agradecida.

Delicias como está se suman a la larga lista de razones turísticas para visitar y conocer Loja. Si me apuran, diré que, al probar ese potaje sin igual, cualquiera quedará prendado de la gastronomía lojana que, por supuesto, esta conformada por muchos otros platos, tan exquisitos como este.

Sin duda, la insustituible Picantería 10 de Agosto (ahora llamada Las Patitas), desde hace más de siete décadas y media, forma parte de la tradición culinaria de los lojanos. Ojalá que sus dueñas sigan atendiendo por muchas décadas más, y con la misma receta de siempre.  

Siendo la buena comida un componente esencial y determinante para el turismo, sería muy valioso que sitios septuagenarios como este, sean considerados y promocionados, principalmente, para atraer más visitantes a la ciudad.