Galo Guerrero-Jiménez
Hoy la humanidad entera vive el imperio o régimen de la tecnología de la información electronal y, con ello, este imperio informático nos incita a interactuar permanentemente con toda la información digital que está a la mano de cualquier internauta para procesarla desde nuevos vectores culturales, científicos y humanísticos, de manera que la lectura, la escritura y la palabra fonética que en estos medios electrónicos se genera, nos permita “manejar la información críticamente, sin sentirse impotente frente a la misma; disfrutar de la tecnología sin idolatrarla; cambiar sin ser dominado por el cambio; convivir con la incertidumbre, la relatividad, la causalidad múltiple, la construcción metafórica del conocimiento; evitar el dualismo maniqueo; rechazar las verdades fijas, las certezas incuestionables, las definiciones absolutas, las entidades aisladas, los estereotipos y la fragmentación” (Pérez Gómez, 2012).
En efecto, esta nueva forma de conducta humana que se está incorporando paulatinamente por el influjo y arremetida de la información electronal, si no se la asume como afirma Pérez Gómez, destruye el discurso racional determinado por la cultura del texto, en virtud de que, un abultado número de “gente está obnubilada por la diversión, el consumo y el placer. La obligación de ser feliz domina la vida”. (Han, 2022) de estos internautas y, en especial, la de los niños y jóvenes que deben formarse para que, al estilo de la tecnología de la imprenta, cuando “leen textos que no acaben de entender, estos les ayuden a colocar el léxico, las ideas y estructuras que más tarde se convertirán en familiares pero, en ese recorrido de asimilación de ideas, el pensamiento se va colocando y haciéndose más maduro y, en definitiva, más crítico” (Navarro González, 2023), para que comprendan cómo avanza la sociedad desde estas tecnologías.
Desde esta perspectiva, la cultura del libro, como producto de la tecnología de la imprenta y, hoy, con la tecnología de la información electronal, en la que el libro sigue apareciendo en infinidad de variantes técnicas, nos debería llevar a incorporar en nuestra cognición y desde una postura psico-socio-lingüística, una filosofía del lenguaje en la que, como advierte Joan-Carles Mèlich:
“Nadie sabe leer porque la lectura no es una competencia que pueda adquirirse de una vez por todas, sino una ‘forma de vida’, y nadie sabe vivir: Siempre asistimos a la primera, rodeados de ignorancia, de perplejidad y de dudas. Leer es detenerse un instante en el flujo del tiempo y enfrentarse a algo que nos interroga y desafía, es iniciar un viaje que nunca se sabe adónde conduce, es caminar y perderse en un texto, como quien se pierde en un bosque, y correr el riesgo de salir siendo otro distinto del que se era al principio” (2020).
Esta cultura del libro, sin considerar el soporte en que se aloja el texto, debe practicársela de manera permanente, para evitar la adicción a la tecnología electronal que, en exceso y cuando no se somete la información a un adecuado juicio crítico, este infoentretenimiento conduce al declive del juicio humano y sume a la ciudadanía en una crisis psico electrónica.
En este caso, el nuevo medio de sometimiento es el teléfono móvil o celular. Pues, “en el régimen de la información, las personas ya no son espectadores pasivos que se rinden a la diversión. Todas ellas son emisores activos. Están constantemente produciendo y consumiendo información. El frenesí comunicativo, que ahora adopta formas adictivas y compulsivas, atrapa a las personas en una nueva inmadurez. La fórmula de sometimiento del régimen de la información es: nos comunicamos hasta morir (Han, 2022) en esta disonancia espectacular que la vida informática les presenta con frenesí, como si fuese el paraíso terrenal.
