El baúl de los recuerdos: Ernesto Witt y su vasta descendencia

Efraín Borrero E.

Ernesto Witt Jorjan fue un inmigrante alemán que desilusionado del clima belicista que se vivía en Europa decidió emigrar a América en compañía de varios jóvenes amigos, y que finalmente vino a parar en esta acogedora tierra. Hablaba alemán, francés e inglés. Aquí contrajo matrimonio con la lojana Ricarda Añazco Sánchez, en 1877.

Fue uno de los primeros “gringos” que hicieron patria en Loja, entendiendo el hecho de vivir en ella dedicando los mejores talentos, capacidades, haberes y esfuerzo de trabajo para contribuir a su progreso y desarrollo.

Años después vinieron sus paisanos: Eügen Faller Kaiser; Julio André, mecánico de profesión; el señor Muller, que construyó la primera villa que por esos tiempos lucía en Loja, y Alfredo Moser Preuninger, de los que tengo en mente.

Todos ellos pasaban como “gringos”, que de ninguna manera es una palabra despectiva, sino que, como refiere el diccionario castellano de Esteban Terreros y Pando, se la usaba para nombrar a las personas que no podían hablar español o que hablaban español con un fuerte acento.  

A los extranjeros afincados en Vilcabamba los llaman de manera general “gringos”, sin determinación de su nacionalidad, porque esa es la forma de identificarlos.

De Ernesto Witt conocía pocos pasajes de su vida en Loja, el más importante cuando el veinte y tres de abril de 1897 suscribió la escritura pública de conformación de la “Sociedad Luz Eléctrica”, celebrada ante el Escribano Fernando Palacios, constituyéndose en socio del proyecto industrial más importante de Loja a finales del siglo XIX, cuyo objetivo era la instalación de la primera planta de luz eléctrica del Ecuador, para dar servicio público y domiciliario, así como la instalación de una fábrica de aserrar y labrar madera.

Pero fue a raíz de que mi entrañable amigo, Alfredo Mora Witt, tuvo la generosidad de compartirme el hermoso libro: “Bertha Witt de Mora Reyes. A cien años de su Luz”, que conocí en detalle el quehacer y la contribución de Ernesto Witt al desarrollo de esta tierra que lo acogió con calidez y hospitalidad. La relación de los hechos se basa en la tradición familiar.

A través de ese libro sus hijos se propusieron preservar la memoria de su distinguida y virtuosa madre, Bertha Marina Witt Muñoz, nieta de Ernesto Witt, destacada no solo por su belleza, sino por la dulzura y bondad de su ser. Mujer de carácter alegre, inteligencia fina, enorme capacidad de trabajo; poseedora de una impresionante agudeza política y de un altísimo sentido de responsabilidad y solidaridad.

Con su esposo, Alfredo Mora Reyes, insigne abogado, intelectual, catedrático de la Universidad Nacional de Loja de la que fue su rector; gobernador de la Provincia, presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo de Loja; alcalde de nuestro cantón por dos ocasiones; presidente de la Corte Superior de Justicia de Loja y ministro juez de la Corte Suprema, formó una familia que ha sobresalido por su valor intelectual, artístico y en la docencia.

Cuentan que desde que Ernesto Witt llegó a Loja se dejó atrapar por su sed de aventura y malgastó su vida buscando el famoso tesoro de Atahualpa cerca de Yangana, conocido como de Quinara, del que tanto se había comentado y algunas leyendas habían surgido. Hizo varias excavaciones, pero, en definitiva, no le fue bien.

Hablando de ese tesoro, Alfonso Anda Aguirre se refiere a Antonio Sánchez de Orellana, que luego fuera el primer Marqués de Solanda, haciendo notorio que el célebre Padre Solano conoció en la hacienda Solanda los hornos que sirvieron para fundir el metal. Otros señalan a un capitán Romero que descubrió casualmente un depósito de oro en las mediaciones de Quinara y habiendo sido notificado de este particular el corregidor de Loja, Pedro Javier Valdivieso, le exigió pagar la parte que correspondía al Fisco, y él mismo se estimuló para emprender por su cuenta en la búsqueda del tesoro de Quinara. En otra trama sobre el tesoro de Quinara también se menciona a Manuel Enrique Eguiguren.  

Ernesto Witt recibió por esos años la cordial visita de su paisano el geólogo, botánico, explorador y sabio Theodor Wolf, que cuando formó parte de la Compañía de Jesús vivió en Ecuador donde desarrolló investigaciones científicas. 

Con su característica generosidad lo alojó en su casa de habitación situada en la calle Sucre y Azuay, que hasta ahora muestra su señorío. Instaló mesas para que pueda dibujar sus mapas y le brindó el confort necesario a fin de que cumpla eficientemente su trabajo investigativo, en el que el propio Ernesto Witt colaboró, constituyéndose en su brazo derecho.   

Lo acompañó en el periplo que habían programado, tomando en cuenta el conocimiento que Ernesto tenía de los sitios de interés en el territorio que por aquel tiempo comprendía la provincia de Loja. Posteriormente le enviaría a Wolf sus itinerarios y croquis de regiones casi desconocidas de la provincia, así como información relevante, evidenciado la colaboración que, por su intermedio, Loja brindaba a las tareas científicas del sabio.

Teodoro Wolf, que se mantuvo como geólogo de Estado desde 1875 hasta 1891, comentó en su Geografía y Geología que iniciar sus viajes científicos en Loja y Azuay, obedecía a su deber con el gobierno porque esas dos provincias eran consideradas muy ricas en minerales, pero también a su interés por dejar su huella en la ciencia nacional y europea, pues esas regiones no habían sido reconocidas de manera “científica” por algunos geólogos.

Se dice que Ernesto Witt también desarrolló investigación científica por cuenta propia. Llegó a clasificar unas trescientas variedades de mariposas, insectos y vegetales en varias colecciones. Su listado de yerbas medicinales y plantas están en el Museo Hamburgués de Etnología.

Se destaca que de Alemania trajo maquinaria para fabricar jabón, procesando la sosa cáustica. Instaló la primera cervecería que tuvo el Ecuador a la que llamó “Ideal”; una fábrica de velas de cebo, y trajo consigo la primera cámara fotográfica con la cual su hija Matilde se convirtió en la mujer pionera de la fotografía en el país.

Mi buena amiga Mary, hija de Máximo Moreira Witt y Betty Palacios Román, menciona que su bisabuelo instaló la primera fábrica de helados en Loja, muy apetecidos y con gran demanda.

Ernesto Witt Jorjan, quien se encariñó entrañablemente con Loja, falleció el 25 de agosto de 1919 a la edad de 65 años, dejando una importante contribución científica y un legado de emprendimientos que sin duda contribuyeron al desarrollo de Loja; pero, sobre todo, dejó una vasta descendencia que a lo largo del tiempo ha merecido el respeto, consideración y afecto de la sociedad lojana y de otras del país.

En el hogar formado con Ricarda Añazco Sánchez tuvo diez hijos. Así era en aquel tiempo, las familias estaban integradas por una multitud de hijos que en algunos casos llegaban a catorce o más, a tal punto que las madres, quienes en la práctica soportaban al batallón de gente, hasta se equivocaban cuando mencionaban el nombre de tal o cual hijo. Lo digo con la experiencia vivida en nuestra casa.

De entre ellos dos fueron solteras: Matilde y Martha Elvira, propietarias de la casa situada en la esquina de las calles Bolívar y Miguel Riofrío, en cuya planta baja tenían un gran almacén de venta de telas, botones, hilos y otros artículos relacionados, así como anilinas para tinturar prendas de vestir. Los mejores clientes eran los saraguros.

Las conocíamos como las Señoritas Witt y quienes acudíamos a ese local éramos atendidos con especial gentileza, por eso fueron muy apreciadas por la colectividad. Además, por su ubicación equidistante en la urbe, el almacén fue un importante punto de referencia.

Los demás hijos fueron: Jorge Enrique, Rosa Virginia, Ernesto, Victoria, Maximilano, que ostentó meritoriamente el rectorado del Colegio Bernardo Valdivieso; Guillermo, que falleció a temprana edad; Augusto y Mariana Lucrecia.

Cada uno de ellos formó respetables familias que con el tiempo se multiplicaron en grande, algunas de las cuales se han prestigiado por su calidad profesional, intelectual y de servicio a la comunidad. Jamil Mahuad Witt, hijo de Jorge Mahuad Chalela y Rosa Witt García, es parte de esa descendencia. También fueron mis parientes, los hermanos Jorge, Víctor Antonio, Luis y Alberto Espinoza Witt, cuya gracia y viveza de ingenio era su característica.  

Parafraseando el pensamiento de Simón Bolívar bien vale decir que no importa donde se nace ni donde se muere, sino donde se habita y lucha por el progreso de la tierra que generosamente nos acoge, y ese fue el caso de Ernesto Witt Jorjan.