Benjamín Pinza Suárez
La mujer tiene el encanto arrobador para generar inspiración; cuenta con los empeños necesarios para hacernos fuertes; con el suficiente amor para hacernos humanos y con la indispensable circunspección y confianza para hacernos felices. Expreso a través de estos versos mi admiración a una de las mujeres más brillantes de Loja y de connotación nacional e internacional: Matilde Hidalgo de Procel.
En el austro ecuatoriano
un buen día de septiembre
entre ríos y vergeles
nace una niña lojana;
su semblante reflejaba
ternura, amor, altivez
y sin que nadie lo advierta
en el juego de sus ojos,
de sus manos, de su ser,
cual abeja entre su miel,
trazaba la trayectoria
que marcaría en la historia
su ejemplo de gran mujer.
A poco de haber nacido
muere su padre Manuel,
su madre y su hermano Antonio
asumen el desafío
de verla pronto crecer,
con principios y valores
con libros y sin temores
con sueños, buenas lecciones
y mil cuestas que ascender.
Ingresó a la escuela
con gusto y algarabía,
la lectura fue su apego,
la escritura su porfía;
y del fondo de su piano
con rima dulce y florida
nació como un manantial
su más linda poesía.
Entre críticas acervas,
entre dogmas, mezquindades,
Matilde ingresó a las aulas
del Bernardo y sus hazañas;
en las aulas del plantel
solo lucían varones,
pero Matilde enfrentó
prejuicios y pantalones.
Ahí conoció a Fernando
compañero fiel, sincero,
con quien unieron sus vidas
por siempre, en un raudo vuelo.
Fue la primera mujer
que tuvo la valentía
de escoger la profesión
de la dura medicina.
Jamás en Cuenca pensaron
que las mujeres podían
superar con pundonor
las trabas que le imponía
el feudo y la clerecía.
La dureza en el camino
le enseñó a esta mujer
que el triunfo solo se alcanza
con coraje y mucha fe.
Matilde fue la primera,
la primera bachillera,
la primera en medicina
que puso fe en la mujer.
Matilde fue la primera
en sufragar y entender
que la democracia es falsa
sin la acción de la mujer.
Por ello fue aclamada
con honores y laureles
dentro y fuera de su patria
como líder de mujeres.
En su libro Yenny Estrada
le levanta un pedestal
de vigencia y trascendencia
de Ser inmenso e ideal.
Para Loja es un orgullo
cantar por siempre su nombre
su ejemplo adquiere renombre
de canto eterno e inmortal.
La mujer lojana y ecuatoriana ha sido víctima de discriminación, de un irracional machismo y de ausencia de legítimos derechos y por ello, ha tenido que enfrentar toda una historia de lucha para poder alcanzar, de a poco, sus derechos ciudadanos y su participación en la vida social, educativa, cultural, económica y política. Del seno de estos movimientos reivindicatorios, han surgido lideresas con rostros implacables y con nombres inolvidables que se han constituido en los artífices de conquistas en el ámbito constitucional y legal y, sobre todo, en el terreno social y cultural. Una de aquellas figuras icónicas más sobresalientes del Ecuador ha sido la lojana Matilde Hidalgo de Procel.
Su persistente lucha logró pasar de la ley de cuotas a la paridad en la conformación de listas, lo cual marcó un hito histórico en la vida política nacional, en la incursión en los procesos democráticos de elección popular y, al tener presencia pública, logra la inserción de la mujer en importantes cargos en las funciones del Estado y también en el parlamento ecuatoriano en donde, hoy por hoy, se registra un alto número de mujeres asambleístas que ponen en el tapete del debate, propuestas y leyes sobre temas de género y más derechos que habían sido negados por los prejuicios de sociedades conservadoras. El presidente Eloy Alfaro fue quien comenzó reivindicando a la mujer ecuatoriana al conceder mediante decreto ejecutivo en 1895 la autorización para que las mujeres puedan acceder a estudiar medicina y también formuló otro decreto en el que se permite a la mujer poder desempeñar cargos públicos.
La presencia pública de Matilde Hidalgo de Procel marcó un antes y después en el escenario social y político del Ecuador y América Latina, máxime cuando venía de un hogar con profundas raíces liberales. Si bien se le ha reconocido tradicionalmente su lucha en ser la primera mujer en abrazar la carrera de medicina humana, la primera en sufragar en una elección democrática en América del Sur y la primera en ocupar un cargo de elección popular, lo cual en sí no es poco, pero que dista mucho de la mujer total, tal como la llegó a concebir la escritora Yenny Estrada; pues, su altiva y persistente lucha está inscrita en esa discriminación contra la mujer, en la negación de sus derechos, en la lucha por la equidad de género, por el acceso a la educación y su involucramiento en la vida nacional.
Matilde Hidalgo creció en un hogar de pocos recursos económicos, quedándose huérfana de padre cuando aún era muy pequeña, debiendo su madre y su hermano mayor Antonio Hidalgo cuidar por ella y brindarle educación. Su hermano Antonio fue discípulo del padre y músico español Pedro Guarro de quien recibió una buena formación musical, razón por la cual a los 15 años fue nombrado organista de la Catedral, fundó la Escuela de Música y se desempeñó como director del Conservatorio de Música de Loja. Dice Yenny Estrada que la condición de la mujer era en ese entonces de un ser humano inferior, marginada hasta de la Constitución de la República que hasta 1883 declaraba ciudadanos solo a los varones que supieran leer, escribir y haber cumplido 21 años. Antonio Hidalgo y su señora madre eran partidarios de la revolución liberal y su activismo permitió a Matilde interiorizar y hacer consciencia de esos ideales alfaristas que iluminaron en adelante sus luchas. Ingresó a la escuela La Inmaculada regentada por las monjas de la caridad desde 1888. Por destacarse en sus estudios es que fue escogida como auxiliar de enfermería para ayudar a las monjas en la asistencia a los enfermos en el Hospital de la Caridad. Esta buena experiencia atada al dolor humano, es posible que definió su inclinación por el estudio de la medicina. Matilde les pide a su madre y a su hermano Antonio de que le ayuden para continuar sus estudios secundarios; pero como no habían colegios para mujeres, consideran la posibilidad de hacer las gestiones necesarias para que ingresara al colegio Bernardo Valdivieso y es así que le acompaña su madre a hablar con el rector de ese entonces el doctor Ángel Rubén Ojeda, que si bien no fue acogido su pedido de forma inmediata, no obstante, días después el Consejo Directivo le concede la respectiva matrícula, siendo el 22 de octubre de 1907 que el colegio Bernardo Valdivieso abre por primera vez las puertas de sus aulas a la mujer lojana. Concluye Matilde el bachillerato y continúa sus estudios universitarios en la carrera de medicina humana en la ciudad de Cuenca.
A lo largo de su dura y difícil vida estudiantil tuvo que soportar los más rancios embates de una sociedad machista; sin embargo, la fortaleza de su carácter, su recia personalidad y los retos que se había impuesto en su vida, eran más poderosos para abrir caminos de esperanza, con viajes al exterior y nuevos triunfos, con preseas y reconocimientos de primer nivel, destacándose entre las grandes mujeres del continente, pionera en la conquista de los derechos políticos, batalladora tenaz contra los prejuicios sociales y gran motivadora en pro de la superación de la mujer en todas sus dimensiones.
