Agradecidos

Al parecer, los seres humanos no somos agradecidos por naturaleza, necesitamos aprender a dar gracias y prueba de esto es cualquier niño pequeño que cuando recibe un regalo demuestra alegría por lo que recibió, pero no se le ocurre dar las gracias, sus padres deben enseñarle a agradecer y en más de una ocasión incluso deben recordárselo con el consabido “¿Que se dice?” Conforme vamos creciendo dar las gracias por lo que se recibe se vuelve cotidiano, aunque pueden existir muchas cosas que las damos por sentado y por la que pocas veces somos agradecidos como la vida, la familia o la salud.

El evangelio de Lucas registra una interesante historia: “Mientras Jesús seguía camino a Jerusalén, llegó a la frontera entre Galilea y Samaria. Al entrar en una aldea, diez hombres con lepra se quedaron a la distancia, gritando: —¡Jesús! ¡Maestro! ¡Ten compasión de nosotros! Jesús los miró y dijo: —Vayan y preséntense a los sacerdotes. Y, mientras ellos iban, quedaron limpios de la lepra. Uno de ellos, cuando vio que estaba sano, volvió a Jesús, y exclamó: «¡Alaben a Dios!». Y cayó al suelo, a los pies de Jesús, y le agradeció por lo que había hecho. Ese hombre era samaritano. Jesús preguntó: «¿No sané a diez hombres? ¿Dónde están los otros nueve? ¿Ninguno volvió para darle gloria a Dios excepto este extranjero?». Y Jesús le dijo al hombre: «Levántate y sigue tu camino. Tu fe te ha sanado»” (Lucas 17).

Considerando que la lepra era la enfermedad más temida del mundo antiguo, la que marginaba de la peor manera a quien la padecía y para la cual no había cura, la sanidad que Jesús les concedió a aquellos diez no era poca cosa, por el contrario, era algo maravilloso, algo único, tenían muchos motivos para estar agradecidos, pero lo que llama la atención es que solo uno, regresó para dar las gracias a Jesús.

Es frecuente olvidar lo mucho que el Señor ha hecho por nosotros, pero no para todos. Aquel que regresó supo reconocer que lo que había recibido era un regalo inmerecido que cambió su vida, un regalo dado por la misericordia y la gracia de Jesucristo.

Así como el Rey David los agradecidos podemos decir “Bendice, alma mía, al Señor, Y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, Y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, El que sana todas tus dolencias; El que rescata del hoyo tu vida, El que te corona de favores y misericordias; El que sacia de bien tu boca De modo que te rejuvenezcas como el águila” (Salmo 103).

¿Tú eres de los que regresa?