P. Milko René Torres Ordóñez
La lectura del Evangelio de San Juan nos introduce en el conocimiento de Jesucristo, el Verbo hecho carne, de una manera diferente a los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas. Su profesión de fe en el Hijo de Dios contiene varios elementos que caracterizan el núcleo de su obra: la cristología, el contexto, el lenguaje, su intención.
El Discípulo Amado, como se autodenomina, profundiza en la fe y el testimonio, su adhesión a quien lo convirtió en pescador de hombres. Los primeros capítulos de este Evangelio presentan una pregunta fundamental dirigida a los cristianos de todos los tiempos: ¿Quién es Jesús? Para responder a este cuestionamiento recurre a su experiencia de fe. Profundiza en la densidad de los signos. El relato de una boda en Caná termina con esta frase: “Este es el primero de los signos que hizo Jesús…”. Es el camino que traza San Juan para llegar al encuentro con Jesús. El autor sagrado presenta en Jerusalén un primer acto público. Jesús expulsa a unos vendedores en el Templo con la orden de sacar de ahí a los animales y a las monedas. La acción simbólica que realiza Jesús es una de las tantas expresiones que tienen como finalidad la abolición de un rito sacrificial propio del Antiguo Testamento. Este fuerte signo de autoridad de su parte requiere la correspondiente justificación de parte de las autoridades judías. Jesús respondió: “Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré”. El lenguaje que utiliza Jesús resulta extraño, ofensivo y polémico para sus interlocutores. No se trata de una destrucción física. En su léxico subyace una realidad profética que trasciende criterios y tradiciones. Jesús habla del templo de su cuerpo. Sus discípulos comprendieron, luego de su resurrección, la profundidad de su mensaje. Su cuerpo glorioso va a convertirse en la casa de su Padre. En el solemne lugar de comunión de Dios y de los hombres. El Sagrario, que guarda y protege el Cuerpo de Cristo, representa el misterio que atrae a todos las personas que sumergen su fe en el amor divino. El ambiente de este tiempo cuaresmal es un anticipo de la vivencia de la Pascua. El camino hacia la resurrección, victoria sobre el pecado, plenitud de la salvación. Jesús, según las palabras de un anciano venerable llamado Simeón, siempre será una bandera discutida. Por Él y con Él, muchos van a caer y a levantarse. Jesús, Alfa y Omega, Principio y Fin de todo, es y será un signo de contradicción. En nuestra condición de creyentes debemos recordar que nuestro camino hacia la Pascua está abierto. Nos corresponde vivir la realidad más importante por la que la vida de fe alcanza su sentido pleno: la resurrección. Las palabras de Jesús alcanzarán, en consecuencia, la riqueza de la verdad y de la gracia. La Pascua, cercana y esperada, abre la esperanza de reconstruir un nuevo mundo. Desde la actualidad de su persona, cada acción de Jesús fortalece los niveles de fe que necesitamos para que nuestra vida sea digna. Con los signos que presenta el Evangelio de San Juan podemos responder a la pregunta inicial: Jesús es el Pan Vivo que ha bajado del Cielo.
