Fernando Oñate Valdivieso
¿Alguna vez ha pensado que ciertas cosas que no son ilegales deberían serlo? El primer ejemplo de esto que me viene a la cabeza es el alcohol, este producto se vende libremente e incluso es aceptado socialmente a pesar de que es muy conocido que su consumo puede producir incremento de la presión arterial, enfermedades cardiacas, accidentes cerebrovasculares, enfermedades del hígado y problemas digestivos, cáncer, problemas de aprendizaje y memoria, depresión y ansiedad, problemas familiares, legales, laborales, desempleo y alcoholismo. Si todos los problemas que origina el alcohol son muy conocidos, ¿no debería ser ilegal su comercialización?
Al igual que el alcohol, existen muchos otros elementos que a la luz del sentido común deberían por lo menos ser ilegales, pero no lo son y está en cada uno de nosotros saber elegir correctamente. La elección dependerá de nuestro esquema de valores, nuestras creencias o intereses; al final, tenemos libre albedrío y todo lo que esto implica. Y aquí cabe preguntarse ¿Nuestra libertad para elegir tiene límites?
El apóstol Pablo les escribía a los cristianos de Corinto: “Ustedes dicen: «Se me permite hacer cualquier cosa», pero no todo les conviene. Dicen: «Se me permite hacer cualquier cosa», pero no todo trae beneficio” (1Corintios 10). Al igual que muchos pueblos del antiguo imperio Romano, los corintios eran hedonistas, consideraban que el placer era el objetivo de la vida y estaban dispuestos a experimentar cosas nuevas para alcanzarlo. Es por esto por lo que Pablo antes que ponerles límites, los llama a reflexionar si todo lo que hacen es conveniente para ellos, o beneficioso.
Nuestros tiempos no son muy diferentes, la búsqueda permanente del placer es la tónica, por lo que las palabras del apóstol están muy vigentes. Nuestras decisiones, incluso las menos importantes, tienen consecuencias y debemos ser conscientes de que no todo lo que podemos hacer es beneficioso para nosotros o para los demás. Debemos evaluar y discernir lo que es apropiado y edificante, teniendo en cuenta los principios y valores enseñados por el Señor en su Palabra. Y esto aplica para todos nosotros, aún si no se es creyente, ya que hay verdades universales que son inmutables.
Detenerse un momento a analizar si lo que pienso a hacer me conviene, me edifica y me beneficia espiritualmente no es una obligación, es la clave para elegir correctamente.
