UNA NUEVA ALIANZA

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

El profeta es un hombre escogido por Dios para responder a una llamada destinada a entregar su vida por los demás. Tiene una vocación definida. Habla en nombre de Dios para que quienes escuchen su mensaje la acojan y la pongan en práctica. Uno de ellos, Jeremías, fue nombrado profeta de las naciones. Irá donde el Señor le envíe. Pondrá palabras en su boca para destruir y derrocar, para reconstruir y plantar. 

La misión de un profeta, en el caso de Jeremías, transmite una llamada a la esperanza que se sostiene por una responsabilidad personal. Con ella, pone de manifiesto la cercanía y la fidelidad de Dios. Él cumple su promesa de salvación, está dispuesto a renovar su Alianza en el corazón de cada uno de sus hijos. Ella exige vivir una nueva experiencia con Dios, muy humana y llena de misericordia. El hombre tiene que sentir la necesidad de compartir justicia y fraternidad. El conocimiento interno de Dios del que habla el profeta es signo permanente de una verdadera libertad. Jesús es el profeta más grande que ha venido para que tengamos vida en gracia y en plenitud. El sermón sacerdotal que leemos en Hebreos resalta la misión de Jesús como Sumo y Eterno Sacerdote. Él, en los días de su vida mortal, con mucho sufrimiento presentó sus oraciones y sus súplicas al Padre, quien podía salvarlo de la muerte. En el huerto de Getsemaní sufrió la tentación de la soledad y del abandono. Clamó al Padre. Sin embargo, aprendió, sufriendo a obedecer. Este acto de amor y sumisión absoluta lo convirtió en autor de la salvación eterna. Jesús nunca buscó su bien personal. Ni la gloria para sí mismo. Su vida es una donación para la humanidad. Convirtió su poder y su autoridad en signos de solidaridad en función de su amor y responsabilidad con nosotros. Asumió la Pasión como una muestra de comunión con los hombres. Su existencia, humana y divina, se pone en el mismo nivel del hombre, frágil y pecador, enrumbado a la muerte. Aceptó, como el Siervo sufriente que narra el profeta Isaías, el reto de mostrarnos el camino que conduce a recuperar una identidad confundida en las estructuras de una sociedad cobijada en un mundo de confort. En el texto del Evangelio según san Juan nos encontramos con el ser de un Jesús dispuesto a todo. Él no muere de cualquier manera. Su muerte en la cruz, absoluta, generosa y libre, cambió la realidad de la historia en la humanidad. En las manos de su Padre entregó su Espíritu. Cumplió con su misión. Nos enseña a abrir el corazón. La nueva Alianza que celebró en un jueves memorable selló un pacto de amor incondicional. El grano de trigo tiene que morir para que dé frutos nuevos y abundantes. Jesús debía morir para que nosotros resucitemos cada día y construyamos un mundo más humano y más justo. La Hora de Jesús es la Hora de la Cruz. Es la Hora de la verdad de Dios. Nos corresponde dejar en evidencia la mentira del mundo. Jesús es la vida nueva. Eterna. Su verdad es salvación. Es palabra de fe y de testimonio. Victoria.