Quilanga, 22 de marzo 2024
El mundo católico se apresta a celebrar uno de los grandes acontecimientos que profesa su fe: Pasión, Muerte y Resurrección, de Jesucristo, el hijo de Dios, ocurrido, en el calendario romano hace ya cerca de dos mil años.
Sin duda, un acontecimiento oportuno para reflexionar en torno a Dios Creador y Ordenador del Universo, en torno a su Hijo, Jesús, su liderazgo y fidelidad al padre, y la acción del Espíritu que vivifica y santifica a todos los seres humanos.
El misterio de fe de la tradición religiosa católica tiene notoriedad pública, primero porque es el credo que más adeptos tiene actualmente, según propaganda fides, supera los mil trecientos millones concentrados mayoritariamente en América y África, leve crecimiento en Asia y Oceanía y con decrecimiento en Europa.
La tradición del culto católico se propaga de generación en generación a través de la práctica de los sacramentos. La religiosidad primigenia y fervorosa va perdiendo relevancia en la sociedad por el enfriamiento en la costumbre y tradición religiosa, dada la influencia de factores, entre ellos, la alta incidencia de los medios de comunicación social convencionales y digitales y el mercantilismo de los feriados del calendario mundial y ecuatoriano.
Estoy, firmemente convencido, que las expresiones religiosas siguen vigentes entre quienes profesan el catolicismo o los adeptos a la doctrina cristiana. Las manifestaciones, de distinta naturaleza, están presentes y se revitalizan en los distintos momentos que el calendario litúrgico los contempla, uno de ellos es la semana santa, cuyo momento culmen es el Triduo Pascual, que es la síntesis de la fe y se expresa en la Pasión, la Muerte y la Resurrección.
Durante la semana se conjugan elementos aparentemente contradictorios entre sí, más, sin embargo, son la continuidad y cumplimiento de una línea histórica profetizada desde tiempos inmemoriales que van paso a paso desarrollándose y cumpliéndose.
Precisamente, desde el Domingo de Ramos, en donde la muchedumbre proclama a Jesucristo como su Rey, pocas horas más tarde es traicionado y entregado por su propio discípulo y los seguidores tomaron el camino más fácil, esconderse para no enfrentar al poder político y religioso de los sumos sacerdotes y de los falsos acusadores.
El dolor, la soledad, la sangre derramada y la muerte de un inocente vuelven cruentas las páginas de la historia religiosa y de la humanidad. Jesús, el Hijo del Todopoderoso es llevado “cual cordero al matadero” y el poder político y religioso reinante en ese momento lo asesina en la cruz, por miedo a perder sus espacios de poder y dominación, pues, el mensaje de liberación y esperanza pronunciado por Jesús, cuestionan la injusticia y prepotencia, con el anuncio de un nuevo Reino, el de la justicia y la paz.
Valió este paso por el dolor y la muerte, porque desde el árbol de la cruz emerge una nueva vida. Es la Pascua, el paso de la tristeza a la alegría, de la muere a la vida.
Hoy, quienes creemos en los valores del Reino de Jesucristo, debemos dar el paso definitivo a una nueva vida, que pase del egoísmo a la fraternidad universal, del individualismo a la comunidad, de la violencia a la paz y de la injusticia a una verdadera justicia, puede parecer una utopía, pero pronto será una realidad.
