P. Milko René Torres Ordóñez
Después de la muerte de Jesús dos discípulos caminaban a un pueblo llamado Emaús y conversaban entre sí sobre un acontecimiento que había sucedido en Jerusalén. Un profeta, poderoso en obras y palabras, había padecido crucificado en una cruz.
Ellos esperaban que Él fuera el liberador de Israel. Habían pasado tres días desde aquel hecho que cambió la realidad socio religiosa de la historia del mundo conocido en aquel tiempo. La utopía de Alguien que pregonaba un mundo nuevo, lleno de amor y de paz, se quedaba en un hermoso enunciado. Sus detractores quedaron convencidos de haber quitado de su mundo a un personaje que cuestiona la manera de vivir su religión. El blasfemo, el rebelde, el iluso que hablaba del perdón a sus enemigos, sería un asunto del pasado. La vida, la predicación y las promesas de un tal Jesús no tenían razón de ser. Uno de los peregrinos, Cleofás, alimenta el drama con una pregunta con la que Jesús se revela como vencedor de la muerte: “¿Eres tú, el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que han pasado en estos días?”. Algunas mujeres los han alarmado porque han dicho que el crucificado está vivo. A esta noticia se añade la versión de otros testigos que han afirmado que su cuerpo no se encontraba en el sepulcro. Jesús les recuerda que era necesario que Cristo padeciera para entrar en la gloria del Padre. Jesús comparte con sus discípulos la realidad de su vida, sus dudas, su fe. Los acompaña. Come su alimento. Sentado a la mesa, en la Fracción del Pan, se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Esta vivencia transformante, al tiempo de devolverles la esperanza, los reanima y los impulsa a comunicar a sus hermanos en la fe, los Once discípulos, la Buena Noticia: “Es verdad. El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón”. La Fracción del Pan, al modo cotidiano, se convierte en la Alianza Nueva y Eterna. La Eucaristía. La resurrección de Jesús es la luz para todos los hombres que vibran con su triunfo. Van por el mundo proclamando su fe. La confesión del nombre de Jesús los lleva a entregar su vida en plenitud. El encuentro con Jesucristo vivo los convierte en testigos. No hay espacio para el aislamiento, la ceguera o el miedo. Jesucristo llena la historia de la humanidad con el poder de su amor. Todo cuanto dijo e hizo Jesús revela una verdad testimonial. Su confianza en el Padre la comparte con nosotros: “Yo estaré con ustedes, todos los días, hasta el final de los tiempos”. Él nos garantiza que quienes creemos en su palabra no moriremos. Participaremos de su vida gloriosa. Tenemos que descubrir, en el día a día, el signo del amor más grande. Con la resurrección de Jesús comprendemos profundamente el sentido de una misión. La presencia de Jesús en la Eucaristía, tan sencilla y tan real, es el milagro con el que resucitamos y con el que damos razón de nuestra fe al mundo que necesita conocer para amar. La fuerza del encuentro post pascual con Jesús nos despierta de una esperanza dormida sobre el confort.
